lunes, 31 de octubre de 2016

Estadio del Club Ferro Carril Oeste

Capital Federal, 1987

Cuando con mi amigo Rafael (le habían puesto Mecha porque se encendía fácilmente con un poco de alcohol), nos enteramos por radio que The Cure iba a tocar en Argentina, empezamos a saltar.
Recuerdo como si fuese hoy aquel día del recital, a mediados de marzo, con calor agobiante pese a que ya era casi de noche; los alrededores y el estadio de Ferro aparecieron cubiertos por afiches de Soda Stéreo, en cuidado blanco y negro, donde el trío se mostraba luciendo modernos peinados estilo dark. Fuimos hasta el acceso pasándonos un cartón de vino tinto que bebimos rápidamente para bajar las pastillas; en los bolsillos de las camperas escondíamos petacas que arriesgábamos perder en el cacheo. Habíamos sacado entrada pero cuando hacíamos fila se generó una imparable avalancha que arrasó el ingreso de la avenida Avellaneda. Corrimos sin parar hasta ubicamos en la tribuna local, desde donde notamos que a lo lejos, cruzando toda la cancha, sobre el escenario se aprestaba La Sobrecarga. Nos sentamos a recuperar aire en los tablones de madera viendo cómo, por dos grandes agujeros en el alambrado olímpico detrás y a un costado del arco, la gente se metía al terreno de juego, y comentamos con preocupación el hecho de que facciones de particulares tumbaban a muchos para robarles. Al rato Mecha vio a una amiga de su hermana deambulando en soledad por la explanada justo bajo nuestra ubicación. La llamó a los gritos por el nombre y la morochita no tardó en subir. Miriam Andrea parecía aliviada de vernos, se sentó entre ambos y enseguida comprobé por su mirada que le gustaba. Bebió un sorbo de coñac y nos propuso, señalando los huecos, por qué no íbamos al campo. Decidimos atravesar ese prolijo césped manteniéndonos bien juntos y llegamos hasta el borde mismo del alto escenario, armado encima de la tribuna visitante. Había finalizado la banda soporte y era inminente la salida de The Cure.
De pronto se apagaron las luces y a Miriam Andrea le dio miedo, por eso abracé su menuda y cálida cintura, hundiendo mi nariz entre el abundante pelo azabache con rico perfume. Iban por su segunda canción y Mecha, colorado como un tomate, me dejó la última petaca de brandy e improvisó un pogo en medio del público; yo aproveché para arrinconar contra una lona verde a la amiga de su hermana.
A mitad del show, ese mismo grupo de barra bravas que estaba robando dentro del campo de juego (oímos que también habían matado a un perro de policía y destruido por completo un puesto de panchos), ahora insultaba a los Cure en los breves silencios entre tema y tema, sólo porque eran ingleses. Habían trascurrido cinco años de la guerra de Malvinas, y no entendíamos qué relación tenía aquel conflicto bélico con una banda dark, comentábamos con Miriam Andrea, indignados. Todo se complicó cuando uno de estos muchachones le dio un botellazo en la cabeza al cantante Robert Smith, quien pedía calma, tratando de hacerlo en castellano. Y en ese momento se produjo un hecho que jamás ocurre con los habituales concurrentes a los estadios de fútbol: la gran mayoría de los chicos que había ido a escuchar y a pasarla bien, reaccionó violentamente contra este grupito minúsculo organizado para delinquir. Pero al irrumpir la policía, repartiendo palazos, yo, como tantos otros, me vi superado por las circunstancias, entonces apreté fuerte la muñeca de Miriam Andrea y emprendimos la retirada hacia la salida más próxima.
Sentados a la mesa de una pizzería en Primera Junta oímos con amargura que The Cure volvía a sonar. “Ya es tarde para volver”, dije, el rebote del tema Close to me cubría las conversaciones de los demás comensales. Y de pronto, como encontrando el remedio para la cura de nuestro transitorio mal, Miriam Andrea y un servidor insinuamos al unísono: “La noche recién empieza…”, risueños, mirándonos a los ojos, mi mano buscando la suya sobre el mantel blanco. 


Esta crónica pertenece al libro: Aguafuertes de los ochentas, 2014.
S.F.

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