miércoles, 30 de noviembre de 2016

Suave traza celeste

Esta noche incesante no es oscura
transcurre surcada por relámpagos
vivaces, diminutas luciérnagas,
la noche me envuelve con ligeras gazas
y es un placer flotar, sentirse desnudo de todo.
La noche viene a mi encuentro
sacude el sopor del sueño
su agudo canto de sirena,
con sabor a misterio me encarama lentamente
hacia un territorio sin contornos,
funde mis partículas en el firmamento mismo
dorada luz final provoca una apacible sonrisa
aunque me quite para siempre el aliento.
S.F.

lunes, 31 de octubre de 2016

Estadio del Club Ferro Carril Oeste

Capital Federal, 1987

Cuando con mi amigo Rafael (le habían puesto Mecha porque se encendía fácilmente con un poco de alcohol), nos enteramos por radio que The Cure iba a tocar en Argentina, empezamos a saltar.
Recuerdo como si fuese hoy aquel día del recital, a mediados de marzo, con calor agobiante pese a que ya era casi de noche; los alrededores y el estadio de Ferro aparecieron cubiertos por afiches de Soda Stéreo, en cuidado blanco y negro, donde el trío se mostraba luciendo modernos peinados estilo dark. Fuimos hasta el acceso pasándonos un cartón de vino tinto que bebimos rápidamente para bajar las pastillas; en los bolsillos de las camperas escondíamos petacas que arriesgábamos perder en el cacheo. Habíamos sacado entrada pero cuando hacíamos fila se generó una imparable avalancha que arrasó el ingreso de la avenida Avellaneda. Corrimos sin parar hasta ubicamos en la tribuna local, desde donde notamos que a lo lejos, cruzando toda la cancha, sobre el escenario se aprestaba La Sobrecarga. Nos sentamos a recuperar aire en los tablones de madera viendo cómo, por dos grandes agujeros en el alambrado olímpico detrás y a un costado del arco, la gente se metía al terreno de juego, y comentamos con preocupación el hecho de que facciones de particulares tumbaban a muchos para robarles. Al rato Mecha vio a una amiga de su hermana deambulando en soledad por la explanada justo bajo nuestra ubicación. La llamó a los gritos por el nombre y la morochita no tardó en subir. Miriam Andrea parecía aliviada de vernos, se sentó entre ambos y enseguida comprobé por su mirada que le gustaba. Bebió un sorbo de coñac y nos propuso, señalando los huecos, por qué no íbamos al campo. Decidimos atravesar ese prolijo césped manteniéndonos bien juntos y llegamos hasta el borde mismo del alto escenario, armado encima de la tribuna visitante. Había finalizado la banda soporte y era inminente la salida de The Cure.
De pronto se apagaron las luces y a Miriam Andrea le dio miedo, por eso abracé su menuda y cálida cintura, hundiendo mi nariz entre el abundante pelo azabache con rico perfume. Iban por su segunda canción y Mecha, colorado como un tomate, me dejó la última petaca de brandy e improvisó un pogo en medio del público; yo aproveché para arrinconar contra una lona verde a la amiga de su hermana.
A mitad del show, ese mismo grupo de barra bravas que estaba robando dentro del campo de juego (oímos que también habían matado a un perro de policía y destruido por completo un puesto de panchos), ahora insultaba a los Cure en los breves silencios entre tema y tema, sólo porque eran ingleses. Habían trascurrido cinco años de la guerra de Malvinas, y no entendíamos qué relación tenía aquel conflicto bélico con una banda dark, comentábamos con Miriam Andrea, indignados. Todo se complicó cuando uno de estos muchachones le dio un botellazo en la cabeza al cantante Robert Smith, quien pedía calma, tratando de hacerlo en castellano. Y en ese momento se produjo un hecho que jamás ocurre con los habituales concurrentes a los estadios de fútbol: la gran mayoría de los chicos que había ido a escuchar y a pasarla bien, reaccionó violentamente contra este grupito minúsculo organizado para delinquir. Pero al irrumpir la policía, repartiendo palazos, yo, como tantos otros, me vi superado por las circunstancias, entonces apreté fuerte la muñeca de Miriam Andrea y emprendimos la retirada hacia la salida más próxima.
Sentados a la mesa de una pizzería en Primera Junta oímos con amargura que The Cure volvía a sonar. “Ya es tarde para volver”, dije, el rebote del tema Close to me cubría las conversaciones de los demás comensales. Y de pronto, como encontrando el remedio para la cura de nuestro transitorio mal, Miriam Andrea y un servidor insinuamos al unísono: “La noche recién empieza…”, risueños, mirándonos a los ojos, mi mano buscando la suya sobre el mantel blanco. 


Esta crónica pertenece al libro: Aguafuertes de los ochentas, 2014.
S.F.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Trastos olvidados

Se ve la cima del mundo bajo el yuyo crecido
tinte de rocío añejando trastos olvidados,
pero la herrumbre es soportada con hidalguía
por el metal mejor forjado,
y aunque esas marcas a simple vista
modifiquen el valor de las cosas
porque tiempo y deterioro son una unidad,
el destino siempre seguirá siendo imbécil
por más que solapemos algunas temporadas
calcando días en que la sangre bulle
y debiera de ser preferible dejarse arrastrar
por sensibilidad o instinto; percibir,
conservarse, desgranando la muerte 
como sinónimo de reencuentro,
aprendiendo, en esa incesante,
alocada búsqueda de sentido
que nada es ni será nunca nuestro,
porque apenas si pertenecemos
al suelo donde a duras penas
hacemos pie.
S.F.

martes, 23 de agosto de 2016

Demora sanitaria

Comentan las malas lenguas que aquéllos surgidos de las aguas turbias, ancestralmente hablando (claro está), somos seres perezosos por naturaleza, será por la extrema lentitud con la que nos desplazamos o por tanto hacer la “plancha”, me pregunto en soledad. Y respondo: “al final parece que esperaste demasiado, lagartón”. Es sabido que uno a veces se deja estar, e incluso desoye mandatos personales desligándose de los compromisos, elude la rutina y hasta verse al espejo cansa. Aunque llamado a actuar no queda otra opción que reaccionar positivamente y salir a lo que sea, y ahí está la clave, porque en esas situaciones, por lo común suele provocarse en mi interior cierta resistencia casi orgánica, avanzada voluntad evasiva mortalmente presta a recostarse y contemplar el ocaso a través de la ventana, y si llueve y refresca mejor, más poético. Por ese motivo jamás podría haber sido médico, ni bombero (menos voluntario), tampoco policía, Dios me guarde, me santiguo siete veces... Volviendo al principio de mi propia alocución, todavía me encuentro envuelto en el compromiso de confesar ante mí mismo (frente al espejo del botiquín, dado el caso), que quizá esperé mucho tiempo para contrapesar el criterio sobre lo que esperaban de mí los demás, porque es muy triste reconocer que nunca hubo nadie esperando algo bueno de esta pobre iguana de pantano, ni en vida de mis desilusionados progenitores. Entonces reflexioné (haciendo gran esfuerzo mental), que dicha espera podía ser eterna, por supuesto exagerando, ya que nunca pretendí la eternidad; “lo único que me faltaba”, dije en voz alta, “con lo mal que se vive”, reproché seriamente, “eso sí sería una verdadera desgracia. ¡Joder!” 

S.F.

domingo, 24 de julio de 2016

Pérdida y transformación del ser

En su lecho de muerte sintió que se iluminaba por dentro, cuando se corporizó en sí misma a los tres años de edad dialogando a medias palabras con su primer amigo perruno, en un irrepetible momento de extremísima lucidez, despojada de prejuicios, radiante, genuina.
S.F.

jueves, 23 de junio de 2016

Cardenal

Serenamente ajustaba sus fúlgidos penachos, el gorro frigio cubriéndole la frente, adivinando desde esa alta montaña a pastores de pie en la quebrada rocosa, mujeres del pueblo con sus vestidos de domingo, al rechoncho dibujante que en carbonilla inmortalizaría la hazaña. Cómplices de su locura, la sonrisa se adueñaba del paisaje cuando se arrojó y las alas respondieron, el entusiasmo le colmaba el pecho en ese glorioso planeo. Aunque un repentino cambio de brisa lo obligó a virar hacia un flanco, enseguida consiguió enderezar el brusco descenso. Saboreaba aire límpido, le golpeaba la cara desnuda, aleteando para sostenerse seguro de que aquella plenitud se acercaba a la felicidad. Pero un viento del este, soplando con más fuerza, finalmente lo desplumó. Tendido boca arriba sobre la hierba, miles de plumas de avestruz esparcidas por la quebrada, quedará flameando para siempre en el recuerdo colectivo su brevísimo y memorable vuelo escarlata. 

S.F.

martes, 17 de mayo de 2016

El mago

-Nada por aquí, nada por allá...¡Pero quién fue el degenerado que me lo cambió de lugar!

Isidoro Blaisten. Cuentos cortitos así, texto perteneciente al libro El Mago, 1974.