miércoles, 24 de mayo de 2017

Música involuntaria

Sonó como un trabajoso fraseo de trompeta, aunque en realidad se trataba de una larga frenada y derrape incluido, producida por el Ford Sierra colorado con la chapa cascada, cuyo conductor masculino jamás se enteró de que había originado, maniobrando flemáticamente al doblar en esa esquina sin disminuir velocidad, a través de aquel insólito instrumento. 
S.F.

viernes, 17 de febrero de 2017

Rotunda lógica del amor

A Rogelio le costaba horrores coordinar simples movimientos, por más que estuviese oscuro y la mayoría de las veces a su alrededor cada cual sumido en lo suyo, estigmatizaba su condición aquel hondo terror al ridículo. Pero una noche mágica conoció a Valeria y, aunque siguió bailando pesimamente, a ese detalle para nada menor, Rogelio dejó de atribuirle ilegítima y categórica importancia. 
S.F.

viernes, 27 de enero de 2017

Atlántov

El infinitivo escribir me ha traído problemas. Ocupé tres días de febrero repitiéndolo en voz alta, doblándole la punta para que dejara de ser infinitivo. Un infinitivo tiene algo de cosa militar: pisan los soldados, los sonidos buscan una silla para esconderse. Solo hay música en el infinitivo ser cantante. 

Fragmento del libro: "Atlántov" de Federico Spoliansky, editado en 2016.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Némesis de la memoria

No sé si vale la pena ni tampoco con qué finalidad voy a dejar sentada por escrito esta pequeña experiencia de anuro, pero vuelve a zumbar en mi mollera osificada como recurrente melodía nostálgica. Se dice que a corta edad ciertos sucesos se consolidan impactando en nuestro carácter, no obstante es tan llanamente absurda, nimia de toda nimiedad mi anécdota, que una sombra de vergüenza la estorba y nubla, impidiéndole rebobinar mi pretérito a esa zona crepuscular del cerebro primitivo donde tintinea vagamente, clausurando pasillos y conectores repletos de archivos neuronales. Bicéfala y olímpica, la maquinaria siempre separa con empírica rapidez, desdeñando casi sin pensar aquello que uno quisiese retener, aunque sólo sea por capricho. Así se disloca descontrolada y ya no se puede sujetar ni por un segundo más nuestra escuálida chispa vivencial, que seguirá su curso hacia los fondos sombríos del vacío de la mente, de donde tal vez jamás regrese.
Dado el caso puntual, me siento autorizado para aseverar que lo peor en estos procesos no es la tozudez de una memoria recelosa ni mucho menos, lo verdaderamente infame y contaminante en todo el sentido de la palabra es la lucha interna desigual, porque esa pobre evocación microscópica debe de enfrentarse solita a un sistema censor que selecciona situaciones gloriosas en permanente desmedro de aquellos tímidos hechos, siendo generoso en la calificación al adjetivar a estos últimos.
Para concluir, después de haber garabateado en vano media página tratando de revelar ese piojoso recuerdo que me había propuesto contar con lujo de detalles, y poniéndome en el lugar de esa humilde contingencia momentáneamente olvidada, advierto que no estoy para ninguna remembranza, y guay que me vengan con la nula excusa trilladísima de que el sufrimiento te hace crecer o te vuelve artista, semejante tontería cuéntesela a los batracios de charco, a mí me fortalece un buen plato de sopa, buseca de mondongo bajada con un pingüino tinto de la casa, y ya que estamos flan mixto de vainilla bien cargado, ¡qué joderse!    
S.F.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Suave traza celeste

Esta noche incesante no es oscura
transcurre surcada por relámpagos
vivaces, diminutas luciérnagas,
la noche me envuelve con ligeras gazas
y es un placer flotar, sentirse desnudo de todo.
La noche viene a mi encuentro
sacude el sopor del sueño
su agudo canto de sirena,
con sabor a misterio me encarama lentamente
hacia un territorio sin contornos,
funde mis partículas en el firmamento mismo
dorada luz final provoca una apacible sonrisa
aunque me quite para siempre el aliento.
S.F.

lunes, 31 de octubre de 2016

Estadio del Club Ferro Carril Oeste

Capital Federal, 1987

Cuando con mi amigo Rafael (le habían puesto Mecha porque se encendía fácilmente con un poco de alcohol), nos enteramos por radio que The Cure iba a tocar en Argentina, empezamos a saltar.
Recuerdo como si fuese hoy aquel día del recital, a mediados de marzo, con calor agobiante pese a que ya era casi de noche; los alrededores y el estadio de Ferro aparecieron cubiertos por afiches de Soda Stéreo, en cuidado blanco y negro, donde el trío se mostraba luciendo modernos peinados estilo dark. Fuimos hasta el acceso pasándonos un cartón de vino tinto que bebimos rápidamente para bajar las pastillas; en los bolsillos de las camperas escondíamos petacas que arriesgábamos perder en el cacheo. Habíamos sacado entrada pero cuando hacíamos fila se generó una imparable avalancha que arrasó el ingreso de la avenida Avellaneda. Corrimos sin parar hasta ubicamos en la tribuna local, desde donde notamos que a lo lejos, cruzando toda la cancha, sobre el escenario se aprestaba La Sobrecarga. Nos sentamos a recuperar aire en los tablones de madera viendo cómo, por dos grandes agujeros en el alambrado olímpico detrás y a un costado del arco, la gente se metía al terreno de juego, y comentamos con preocupación el hecho de que facciones de particulares tumbaban a muchos para robarles. Al rato Mecha vio a una amiga de su hermana deambulando en soledad por la explanada justo bajo nuestra ubicación. La llamó a los gritos por el nombre y la morochita no tardó en subir. Miriam Andrea parecía aliviada de vernos, se sentó entre ambos y enseguida comprobé por su mirada que le gustaba. Bebió un sorbo de coñac y nos propuso, señalando los huecos, por qué no íbamos al campo. Decidimos atravesar ese prolijo césped manteniéndonos bien juntos y llegamos hasta el borde mismo del alto escenario, armado encima de la tribuna visitante. Había finalizado la banda soporte y era inminente la salida de The Cure.
De pronto se apagaron las luces y a Miriam Andrea le dio miedo, por eso abracé su menuda y cálida cintura, hundiendo mi nariz entre el abundante pelo azabache con rico perfume. Iban por su segunda canción y Mecha, colorado como un tomate, me dejó la última petaca de brandy e improvisó un pogo en medio del público; yo aproveché para arrinconar contra una lona verde a la amiga de su hermana.
A mitad del show, ese mismo grupo de barra bravas que estaba robando dentro del campo de juego (oímos que también habían matado a un perro de policía y destruido por completo un puesto de panchos), ahora insultaba a los Cure en los breves silencios entre tema y tema, sólo porque eran ingleses. Habían trascurrido cinco años de la guerra de Malvinas, y no entendíamos qué relación tenía aquel conflicto bélico con una banda dark, comentábamos con Miriam Andrea, indignados. Todo se complicó cuando uno de estos muchachones le dio un botellazo en la cabeza al cantante Robert Smith, quien pedía calma, tratando de hacerlo en castellano. Y en ese momento se produjo un hecho que jamás ocurre con los habituales concurrentes a los estadios de fútbol: la gran mayoría de los chicos que había ido a escuchar y a pasarla bien, reaccionó violentamente contra este grupito minúsculo organizado para delinquir. Pero al irrumpir la policía, repartiendo palazos, yo, como tantos otros, me vi superado por las circunstancias, entonces apreté fuerte la muñeca de Miriam Andrea y emprendimos la retirada hacia la salida más próxima.
Sentados a la mesa de una pizzería en Primera Junta oímos con amargura que The Cure volvía a sonar. “Ya es tarde para volver”, dije, el rebote del tema Close to me cubría las conversaciones de los demás comensales. Y de pronto, como encontrando el remedio para la cura de nuestro transitorio mal, Miriam Andrea y un servidor insinuamos al unísono: “La noche recién empieza…”, risueños, mirándonos a los ojos, mi mano buscando la suya sobre el mantel blanco. 


Esta crónica pertenece al libro: Aguafuertes de los ochentas, 2014.
S.F.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Trastos olvidados

Se ve la cima del mundo bajo el yuyo crecido
tinte de rocío añejando trastos olvidados,
pero la herrumbre es soportada con hidalguía
por el metal mejor forjado,
y aunque esas marcas a simple vista
modifiquen el valor de las cosas
porque tiempo y deterioro son una unidad,
el destino siempre seguirá siendo imbécil
por más que solapemos algunas temporadas
calcando días en que la sangre bulle
y debiera de ser preferible dejarse arrastrar
por sensibilidad o instinto; percibir,
conservarse, desgranando la muerte 
como sinónimo de reencuentro,
aprendiendo, en esa incesante,
alocada búsqueda de sentido
que nada es ni será nunca nuestro,
porque apenas si pertenecemos
al suelo donde a duras penas
hacemos pie.
S.F.