lunes, 12 de julio de 2021

Balneario Barracuda

Cualquiera merece unas buenas vacaciones, y el hecho de mudarse por un tiempito a un lugar con mar disponible debiera de ser una situación enteramente favorable. Pero aquel viaje en ómnibus desde la estación terminal de Retiro, con aire acondicionado soplando a diecisiete grados durante cinco horas, fue una tortura, y, para peor, al llegar al balneario bonaerense de Villa Gesell, mi compañera de ruta y un servidor nos desayunamos de que no arribábamos a la histórica terminal frente al edificio donde alquilamos, ésta era flamante, espaciosa y quedaba a veinte cuadras. Amanecimos con un día espléndido, desde nuestro balcón sólo divisábamos una lonja azul verdosa pese a que el anuncio prometía “vista al mar”. A mi gorda, tan blanca como una ballena blanca, le costó trabajo calzarse su malla enteriza, y después de untarnos una buena capa de bronceador con beta caroteno factor de protección solar cincuenta, salimos provistos de heladera portátil, toallones playeros, sombrilla y sillas reposeras. El sol brillaba a sus anchas sobre el atlántico helado y con mi gorda optamos por mojarnos los pies en la orilla, avanzar despacio para que el cuerpo vaya tomando temperatura, pero cuando nos llegó a la cintura de golpe la perdí de vista. Fueron apenas segundos desesperados en los que empecé a chillar y hasta pedí ayuda al bañero agitando los brazos en alto. Emergió echa una tromba escupiendo líquido e insultos y ante la mirada azorada de los demás veraneantes nos fuimos a guarecer bajo la sombrilla. Trató mal a un senegalés vendedor de anteojos y recién se calmó zampándose media docena de empanadas bajadas con un litro de gaseosa cola. Aunque lo peor de aquella primera jornada en la playa estaba por suceder… Viéndome de cuerpo entero en el espejo del placard, noté mi piel colorada como tomate y de la bronca cerré con fuerza la puerta sintiendo ruido a vidrio roto: mal augurio. El martes también fue espectacular. Yo seguía despellejándome porque no cabíamos ambos en la sombrilla y mi gorda machacaba que la mostaza rancia le había revuelto el estómago, por eso insultó a otro vendedor de choclos y por poco tengo que irme a las manos en su defensa. A la mañana y entrada la tarde había invasión de churreros, iban y venían soplando sus silbatos, gritando a viva voz y hasta uno usaba un pequeño megáfono, y pese a su malestar mi gorda engulló cuatro rellenos con dulce de leche recubiertos con chocolate. Pasadas las diecisiete quiso meterse al agua con el argumento de su calidez crepuscular. Yo la acompañé hasta cierto punto, con semejante corpachón le resultaba sencillo flotar, pero no contamos con la marea, se fue alejando de la costa y cuando intentó volver a nado el estómago le jugó una mala pasada. Tuvieron que traer un lanchón para subirla entre una verdadera dotación de bañeros geselinos. Todo el mundo aplaudía a los rescatistas quienes la depositaron en la arena y se turnaban haciéndole respiración boca a boca, hasta que empezó a lanzar chorros de agua hacia arriba como una fuente de carne y hueso. Por la noche, trasladados hacia la sofocante ciudad de Buenos Aires en ambulancia de alta complejidad, apretando la manota del brazo sin suero de mi gorda, murmuré: debo estar meado por una jauría de elefantes… Manada, me corrigió, con voz extrañamente dulce, hablando en medio de sus sueños dopados. 
S.F.
Publicado en la revista colombiana Quira medios en agosto de 2018.

lunes, 17 de mayo de 2021

Sueños Nostradamus

A los diez años fantaseaba con tener un fusil, pero no esos rifles cachivacheros de aire comprimido pedidos por mis amigos a los Reyes Magos, yo, Ezequiel Lautaro Solito, pibe del montón, residente en una barriada del segundo cordón del conurbano bonaerense, lo pretendía semiautomático, con mira óptica, para practicar en el fondo de casa hasta saberlo utilizar a la perfección y voltear aviones. Quería aprender a computar la distancia del disparo para que mi munición llegue a destino perforando fuselaje. Era cálculo matemático, ensayo y error, estimar kilómetros por segundo del aparato en su despegue, contra dirección, velocidad inicial, ángulo de tiro parabólico y distancia en elevación del proyectil. Dependiendo además del clima (el viento ejerce suma influencia, igualmente la luna llena, el tiempo inestable), aunque las aeronaves modernas alcancen una altura de doce mil metros superando turbulencias, o maniobren bajísimo, por debajo mismo de tormentas eléctricas. Más estimulante resultaba mi fantasía en caso de haber gran número de muertos, infinidad de heridos, causar masiva conmoción a bordo poniendo a prueba los reflejos del comandante al mando del vuelo, sin importar cuál compañía fuese ni de qué nacionalidades sus pasajeros, convencido de que aquel cuadro de situación convertiría a mi ataque aislado en una verdadera proeza. 
S.F.
Fragmento de cuento inédito.

jueves, 25 de marzo de 2021

Esquema mental

Me precipito hacia el origen de las cosas 
el sinsentido natural las baña de cierta magia, 
siempre ocultas estarán verdad y sabiduría 
trasmisión oral y desarrollo personal 
confluyen en las cercanías 
a pesar de que no basten para comprender 
abarcar lo inasible, lo improbable 
porque el ser humano hace lo que puede 
intenta superarse pese a constantes retrocesos 
inventa y se reinventa partiendo de su ignorancia 
descree de sí mismo, sin entender que todo pasa por él 
que la duda es sana, aunque se vuelve inútil 
sin contraponerse a alguna certeza 
infundada y tan volátil como las nubes 
pero absolutamente necesaria 
para el sostenimiento de la propia osamenta 
duda generada en esa masa informe 
noble músculo constituido por sinuosos laberintos 
ínfimas chispas que, conectadas entre sí, 
consiguen sostener encendida una fogata 
para iluminar aquello que denominamos alma 
alojada en los confines más profundos 
a los que jamás conseguiremos llegar. 
S.F.

 

sábado, 6 de febrero de 2021

Stud free pub

 

Capital Federal, 1985 

Situada en el viejo barrio de Belgrano, a metros del paso bajo nivel de avenida del Libertador en su empalme con la calle Pampa, precedida por un amplio jardín, las paredes cubiertas de enredaderas que trepaban hasta el techo de tejas, aquella antigua construcción de estilo inglés seguramente habría sido una caballeriza y ahora, reciclada, en contrasentido de lo que debiese ocurrir, podía albergar a escaso público. En su húmedo interior contaba con una pequeña barra y a la derecha habían quedado dos puertas box pintadas de negro que permanecían siempre cerradas, al fondo del local el escenario elevado apenas un pie del piso se apoyaba contra un paredón con blanqueados ladrillos a la vista. Si no recuerdo mal ese domingo temprano por la noche tocaban Trixy y Los Maniáticos como única banda. Yo había ido con una loca a la que llamábamos “Mine”, abreviatura de Minerva, no porque pareciese una diosa, fue “rebautizada” por la acidez de sus respuestas que le valieron el apelativo del conocido jugo de limón. Ni bien entramos chilló en voz alta: “Qué grasa”, refiriéndose al baterista de Riff, Michel Peyronel, que hablaba con su hermano Danny quien dijo algo en un español afrancesado, y Michel le sonrió abriendo la campera de cuero para mostrarle su remera colorida con una inscripción en inglés. Traté de arrastrarla de la mano y Stuka, ex bajista y guitarrista de Los Violadores, que era el compañero de Trixy, nos miró extrañado. “Mine, no empecés”, me salió paternalmente, aunque le llevara sólo un año. “Quiero beber”, respondió. Sonaba fortísimo Red London, un “temazo” de los irlandeses Sham 69, cuando pedimos Piel de Iguana con mucho vodka, y esta vez Mine me contó al oído que detrás nuestro se encontraban el manager “Mundy” Epifanio y su hermano “Mini” haciendo sociales. Apenas di media vuelta vi también a la productora Laura Narvax charlar animadamente con su tocaya Laura Ramos (hija del dirigente de izquierda Jorge Abelardo Ramos) quien se encargaría de escribir crónicas de la noche capitalina para el positivo Suplemento Joven del diario Clarín llamado Sí, que saliera ese mismo año. Con el local lleno saltaron al escenario Los Maniáticos platenses que, al poco tiempo, ya sin Trixy, seguirían recorriendo antros usando el mismo nombre, y largaron el primer tema. Mine, secretamente, admiraba y envidiaba a Trixy, y apenas si conseguía tratar de emularla en la vestimenta, por eso se calzaba medias negras de red, minifalda de jean haciendo juego con la campera y también le copiaba el corte de pelo. A los segundos apareció Trixy con su habitual despliegue de energía, cantando a grito pelado, competía en presencia con Roxana, su flaquísima guitarrista de aspecto masculino, que llevaba ajustadísimos pantalones de cuerina roja y despertaba comentarios en aquel público encantador. Mine no tardó en señalar: “Son pareja”. En medio de esa concurrencia “farandulesca” del nuevo rock nacional, cuando algunos fanáticos hacían pogo frente al escenario, de pronto, Mine, amparada por la semioscuridad, arrojó su vaso vacío de trago largo apuntando a Trixy, pero fue a dar justo en la cara del baterista. Por obra y gracia de la pericia de éste el tema no se interrumpió pese a que el bueno de Gustavo sufrió un pequeño corte. “Sos una pelotuda”, le grité al oído zarandeándola con fuerza del brazo, y ella respondió: “La voy a matar”. No tengo manera de pararla sin quedar expuesto, pensaba, preocupado, perdiéndome el show. Entonces Mine le pidió un cigarrillo al “punkito” que tenía al lado y vislumbré mi oportunidad para alejarme. Como quien no quiere la cosa me escabullí hacia la barra y acodé ordenando gin con vodka. Trixy entonaba su tercer tema en el momento en que voló un cigarrillo encendido pegándole sobre su ojo derecho. Dio un gritito dejando de cantar para frotarse y ahí sí vi cómo brotaba del mismísimo público una “punki” enorme que le colocó un puñetazo a Mine en pleno rostro. Tuve que sacársela de encima y llevármela del lugar ante la atenta mirada de los concurrentes porque le sangraba la nariz y esa “punki” persistía esgrimiendo una púa con serios fines de dañarla del todo. “Putas lesbianas” fue lo único que repetía Mine tratando de reducir la hemorragia con su remera negra, mientras volvíamos en taxi con destino a la parte habitada de la Chacarita. 

Esta crónica pertenece al libro: Aguafuertes de los ochentas, 2014.
S.F.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Los elefantes

Domingo 23 de febrero de 1992 
Valparaíso se deja entrever ante nuestros párpados fatigados, aclarada la vista tras la niebla que impone el tiempo y los anteojos tratan de disipar. Es el tramo final del largo trayecto, con mi amado Fermín nos la pasamos recordando y van surgiendo anécdotas relegadas por el implacable transcurrir de las décadas. Nos invade la sensación angustiante, cubierta de expectativa y temor, del colegial que asiste a su primer día de clase. Al ir avanzando, aquel pacífico horizonte da la impresión de ser más bello, en el marco de esa vastedad de la cual provienen buques de gran calado que, vistos desde la ventanilla del bus, parecen de juguete. Faltan pocos minutos para llegar y mi Fermín, sonriendo nerviosamente, pregunta: ¿A dónde van los elefantes? A descansar por fin, contesto al tiro. Nos quema el sol alto del mediodía a medida que se suceden nuestros pasos, y a pesar de ello interrumpimos la marcha en más de una oportunidad para ver gaviotas y albatros sobrevolar la bahía, aquellas coloridas embarcaciones pesqueras alineadas en la orilla azul, imágenes distintivas de las postales del verano austral. Nos movemos como chicos que aún no conocen el sufrimiento ni la alegría, sorprendiéndonos con las actuales edificaciones de la capital de nuestra quinta región, aspirando aquel viento salado al igual que en los años mozos. ¿Para qué tanta ropa?, había gruñido mi Fermín el pasado viernes, al notar sobre la cama varias prendas recién planchadas y dobladas con esmero. Finalmente resolvimos de común acuerdo traer lo indispensable en un bolsito. Quedaron afuera cosas de higiene personal, objetos de valor y medicamentos recetados para nuestros achaques. A esta altura de la vida no hacen falta reproches, una mirada expresiva sugirió todo, como desde el comienzo precisamente aquí, abrazados por los cerros que nos vieron nacer. El bar conserva en su fachada cierta sobriedad inglesa de puerto colonial aunque el interior se asemeje a una fonda madrileña. Elegimos mesa pegada a la ventana pese a que el paisaje nos condene una y otra vez a tropezar con el ayer. Ojeando la carta confirmamos que los cálculos son acertados, el dinero alcanza para un almuerzo con postre, café y alguna copita de pisco. Súbitamente un grupo de marineros interrumpe la tranquilidad pueblerina: parecen recién arribados, vociferan en francés, quitándose entre sí gorras blancas de pompones rojos. A mi querido Fermín se le ilumina la cara y yo también revivo un poco en el reflejo de esa edad dorada como la cerveza que les calma la sed. El caldillo de congrio se deshace en la boca, las papas están bien cocidas, el vino blanco conserva frescor en su punto justo. Trago reflexionando acerca de esta última venida al terruño en la que hasta ahora, por casualidad, designio del destino o porque Dios así lo quiso, no nos encontramos con ningún compadre, vacilando si la decisión es correcta, pues todavía estamos a tiempo de echarnos atrás. Toda vuelta tiene precio, apunto en mi diario. ¿Qué anda anotando?, protesta mi Fermín; cosa de mujeres, replico; debo levantar la voz para que entienda. Los marineros nos miran y, al unísono, ríen a carcajadas, amparados por la impunidad que les otorga su juventud. De grandes, acaso para combatir el aburrimiento, retomamos la costumbre de dormir siesta, por eso me apuro, antes de que nos venza la modorra, y luego de pagar la cuenta le consulto: ¿Seguimos viaje? Pero mi Fermín me frena tiernamente y pone mis manos entre las suyas. ¿A dónde van los elefantes?, repite con tono fatalista. En busca de un regreso, respondo; percibo en mi respuesta el peso de la verdad. Formaba parte de nuestro meditado periplo un paseo por el centro de la ciudad, y en un momento advierto que la vidriera de un bazar devuelve la figura de dos ancianos arrugados descubriendo con asombro de niño el lugar al que alguna vez pertenecieron. Nunca se deja de ser exiliado, es como una cicatriz, se lleva para siempre, escribo de pie con trazo rápido. Sinceramente pienso que pierdo a mi pobre Fermín en el repecho, doblado el cuerpo hacia adelante, sujeta mi brazo con el alma. Por más que lo impulso con todas mis fuerzas se va quedando. No puede hablar, se le atoran las palabras. Traga aire boqueando como pez fuera del agua. De pronto se sostiene en la ventana de una casa. Su rostro palidece como si la sangre, amontonada a la altura del pescuezo, se negara a subir hasta el cerebro. Son un puñado de minutos intensísimos, parecen horas. Mi reacción por salvarlo, aterrada porque muera aquí mismo, en principio empeora la situación. Igualmente trato de conservar la calma para que se sienta seguro y pueda afirmarse en mí. Me doy cuenta de que está aferrado a la reja para mantener el equilibrio. Lo ventilo con un catálogo de promociones y por suerte poco a poco se va recuperando. Al mismo tiempo me llama la atención la alarmante falta de solidaridad de las nuevas generaciones, inadmisible en nuestra época, ya que ningún transeúnte, tampoco un solo auto, son capaces de detenerse para auxiliarnos. Sin aliento llegamos hasta el ascensor: tantos años de trabajo insalubre a la postre acaban haciendo mella. Por unos pesos sorteamos los molinetes como en aquellos hermosos paseos cuando todavía éramos pololos. Al salir del ascensor sufro mareos. Disimulo reanudando el recorrido para que mi Fermín no se alarme. Me repongo en escasos segundos. Quiero creer que por obra y gracia de la Virgen del Carmen, esa brisa fresca procedente del puerto, el gusto de volver a pisar adoquines grises rosados bajo este cielo. Al ratito nomás nuestras cansadas piernas nos obligan a sentarnos en una de las bancas cercanas al mirador. Mi Fermín empieza a cabecear. A mí me hace lagrimear la majestuosidad del atardecer. Ver ese enorme astro extinguirse en el océano extrañamente motiva la vívida presencia de mis padres, garabateo la hoja blanca con un nudo en la garganta. ¡Arriba!, grito al oído perezoso pero fiel de mi Fermín. Debo zarandearlo varias veces. Despierta sobresaltado. Tiembla de frío, acepta un abrigo. Ni bien nos ponemos en pie plantea seriamente: Olguita, vamos a cometer una estupidez. Demasiado tarde, replico con un alarido; el tono enérgico disimula a las claras mis verdaderos sentimientos. Es de noche cuando, tomados del brazo para evitar tropiezos, iniciamos el descenso por las escaleras. Conozco desde antes de tener uso de razón estos escalones de cemento, fijados sobre la ríspida inclinación natural de los cerros, pero empuño la baranda porque el cuerpo ya no acompaña. A mi Fermín le da un acceso de tos. Paramos en el descanso. Le alcanzo la botellita de agua mineral y aprovecho para escribir. ¿A dónde van los elefantes?, repite la voz áspera, arrastrando aire salitroso, con sonrisa de oreja a oreja. Cierro el diario. Absurdamente lo oprimo al pecho y protejo con los brazos. Permanecemos en silencio al amparo de las estrellas. Entonces sucede algo maravilloso. Nos miramos sacudidos por la percepción de estar estancados en el tiempo o a lo mejor fuera del tiempo, urgidos por la necesidad de reconocernos el uno en el otro. Mi Fermín se acerca y despacito empieza a recorrer mi cara con sus yemas. Estremece el tacto rugoso de los dedos, la calidez de su piel curtida. Me contempla largo rato con sus negros ojos brillantes. Con íntima suavidad acaricia como por primera vez mi cabello lacio. Aloja una mano en mi nuca y me va atrayendo, para darme un amoroso beso en los labios. 
S.F.

 

viernes, 9 de octubre de 2020

Onicofagia

A Morrudo le encanta comer uñas, ronda si me las corto y enloquece cuando 
el alicate las hace estallar. Retacón pero ágil, a veces las atrapa al vuelo o 
barre el piso como aspiradora. Las masca con gusto seguramente recordando 
su cercana infancia perruna, junto a ocho hermanitos, en el Salón de belleza By 
Diana donde lo regalaban. 

S.F.

 Onicofagia pertenece al libro inédito: “Una pulga en el lomo del mundo”

domingo, 23 de agosto de 2020

Maty el hermoso

A Lili, mi entrañable abuela materna, le encantaba repetir que su nietito preferido sería gran conquistador; y yo me imaginaba capitán de buque pirata desembarcando en playas exóticas. También la tía Ana, hermana menor de papá, afirmaba concluyentemente que rompería muchos corazones femeninos: ni siquiera soy cardiólogo. Pero mi vieja entendía de qué hablaba; siempre, desde la cuna diría yo, mamá vaticinó mi vínculo con una mujer gorda, y aquello que para algunos puede transformarse en condicionamiento o llegar hasta el punto extremo del trauma, yo lo tomé como desafío. A decir verdad, nunca resulté atractivo para el sexo opuesto ni para el propio. Tuve escasa experiencia con chicas a lo largo de mi adolescencia, después tampoco florecieron alentadoras relaciones, sólo un puñado de noviazgos y si te he visto no me acuerdo… 
A pesar de todo, en algún momento, la vida nos acaricia. 
Cuando la conocí, Valeria recién había cumplido veintisiete años. Le cedí mi asiento en el colectivo por creerla embarazada, aunque no estaba tan obesa como ahora. Casualmente viajábamos en la línea dos y nos fuimos haciendo amigos. A las pocas semanas le propuse ir a tomar algo al salir del trabajo; yo me iniciaba en la cadetería bancaria, ella vendía ropa informal. La cité una tarde calurosa en el Teatro San Martín, porque daban películas a cualquier hora y, además, por su ubicación estratégica sobre la Avenida Corrientes donde hay infinidad de librerías, teatros, cafés y pizzerías. Esperé en el enorme hall central, disfrutando del aire acondicionado, oyendo alegremente a una banda de jazz. Justo esa misma mañana, yéndome de mi casa en Villa Luro, descubrí un objeto tirado en la vereda cubierta por pasto crecido y me acerqué; trae suerte, dije guardándolo, omitiendo el oxido y los clavos doblados. Al ver entrar a Valeria cargaba la herradura en mi mochila y compararlas fue un acto inevitable: hombros caídos, redondeces notorias distribuidas por su oronda anatomía, cabeza diminuta contrastando con su corpulencia generalizada. Y pese a llevarme quince centímetros de altura me sedujo su sonrisa apenas insinuada, esa manera cansina al desplazarse, la precisión en el uso del vocabulario, su voz suave y melodiosa trasmitía cierta calma. Al quinto encuentro, sin mediar palabra, confesó su virginidad. Quedé callado, la mirada fija en mis zapatillas flamantes; Valeria agregó: “te amo, Matías”. De nuevo no supe responder; probablemente enrojecí, pero me sentía muy bien, por primera vez especial. La noticia produjo el compromiso de ser nada menos que yo quien zanjara aquella incómoda situación. Entonces tomé coraje, admitiendo medio a la ligera que cantidad de personas en el mundo sufren de halitosis, y, cautivado por sus ojazos color miel, le planté mi glorioso primer beso en su roja boca carnosa. 
S. F. 
Publicado en la revista colombiana Quira medios en abril de 2018.