jueves, 10 de octubre de 2019

Eterno equilibrio

Cada invierno es un progreso de la muerte,
porque escatima luz, verdor, calidez,
la naturaleza parece adormilada
vencida frente a la pujanza de esa oscuridad,
el ritmo lo marca cierta lentitud de movimientos
y el sueño se agiganta dominando los ánimos,
se hace acopio de cuanto se puede
y las calles lucen despobladas por la noche
como si la vida bajase la guardia
ante el peso concreto de la realidad para recordarnos,
cumpliendo con un periódico equilibrio estacional
que todo es circular y nosotros,
los humanos, llanamente fugaces.
S.F.

jueves, 8 de agosto de 2019

La devoran las horas

Pocas veces en mi vida me apropincué en coquetas confiterías en las cuales se reúne gente evidentemente culta. Pero la tarde pasada, movido por una sed extrema, pedí cerveza helada y a pesar de mi histórico factor atencional o lentitud de lagarto recién comido, me distraje buen rato interesado en conversaciones de mesas linderas. “…Los descubrían a temprana edad, previendo desarrollo físico, combinación de rasgos; clasificaban según la emulsión epicutánea, como dato infalible”, se ufanaba un comensal rellenito a mi diestra, las mejillas encendidas, la voz algo aflautada. “Pero, Rudolf, entonces se habrá debido a alguna falla metodológica que muchos bellos muchachos cayeran en combate, porque la belleza exterior ya era un valor en sí mismo en los albores de la humanidad”, cuestionaba un cincuentón con pomposo sombrero Traveller. Daban la impresión de ser importantes o preponderantes por la manera de defender sus posturas epistemológicas. “La clave de la vida está en ese cónclave impensado que surge naturalmente en concordancia con el cosmos”, participó un morocho de cuerpo pequeño, acaso urgido por almorranas, nunca terminaba de acomodarse en su silla. “Los griegos pregonaron ese concepto”, intervino con gesto anodino un grandote de barba pronunciada, sin dejar de magrear la espalda del esmirriado compañero de mesa. Yo oía con admiración de batracio joven en medio de ese aire ponzoñoso, cargado de olores concretos, donde parecía flotar cierta neurosis colectiva; aunque debía hacer un esfuerzo ingente para estar a la altura de aquella discusión ajena. “La verdadera belleza siempre estuvo aquí”, espetó alguien a mis espaldas. Y esta humilde larva de charco no pudo contener la curiosidad por ver a qué parte de su noble morfología se refería. Para mi desazón, aquel veterano con cabello oro rosado plantó el índice en la sien, por encima de su pulcra ceja derecha. “A la burda belleza instituida culturalmente, propagada por usos y costumbres de la polis, querido colega y amigo, a esa belleza la devoran las horas”, cerró con sonrisa triunfante el de mejillas encendidas. Me brotaron bruscos pensamientos, traté de reconstruir para mis adentros deshilvanadas imágenes fragmentarias, y, ante la inminencia de estar metido en un cenáculo cuanto menos de sibaritas, micólogos o numismáticos, por las dudas apuré la botella de litro y me tomé el olivo. 
S. F.

sábado, 22 de junio de 2019

Prevalencia

Emiliano dibuja, hace collages, colorea con acuarela, acrílico, esmalte sintético sin pretensiones, sin técnica, sin razón; deja fluir líneas y nacen figuras, se desarrollan, hasta casi saltar del lienzo. Emiliano es empleado de carrera en la administración pública, y pintar es su único cable a tierra, una manera personal de sentirse parte del universo, retratándolo desde su mundo interior. Pero mantiene oculta esa afición, producto de años, en diferentes formatos y soportes, por respeto a los verdaderos artistas. 
La muerte sorprende a Emiliano y es el encargado de limpiar su departamento el que encuentra los trabajos hacinados en la baulera. Se las enseña a Malena, su nuera, estudiante de artes visuales, quien, afirmando que carecen de valor comercial, se las queda bajo pretexto de aprovechar telas y bastidores. Al poco tiempo, firmando como propias las obras de Emiliano, Malena arma carpetas, las presenta a concursos y a prestigiosas galerías de arte. 
Malena Peña, en el presente, con sólo veinte seis años, es una cotizada artista plástica a nivel mundial. 
S.F.

Este texto forma parte del libro inédito: “Una pulga en el lomo del mundo”

martes, 7 de mayo de 2019

Moscas


La había visto cantar en un barsucho de mala muerte la noche que le di mi tarjeta. Desde el primer momento supe que se enganchaba y al día siguiente me llamó, entonces la cité en la esquina donde me inspira encontrarlas. Yo caí un rato antes para verla aparecer, para verla pararse ahí, qué cara ponía..., en realidad para definir, no estaba seguro. Una vez de pagar el vaso de moscato me fui a buscarla, y la llevé al boliche caro que está sobre la avenida, a escasos metros de donde la hice esperar.  Nos sentamos en una mesa arrimada a la ventana, en esa misma posición, sólo que en el bar de enfrente, minutos atrás, había  estado mirando con muy pocas ganas de levantarme.    
Espero que venga Raúl, bah, Raúl, ahora se hace llamar El Pollo..., Pollo Aguilar; el tipo del que te hablé, le dije. Lo conozco desde la época que seguíamos a Serú a todos lados, dura época... Se puso contento cuando le hablé, me aseguró que venía, que claro que quería verme, pero guarda, mejor no fiarse de nadie, por más amigo..., tiene pilas de contactos para aprovechar, dejalo en mis manos.
-Buenas tardes, qué van a tomar.
-Sí, traeme dos cervezas bien heladas y tres medidas de ginebra en un vaso aparte.
-¿Dos cervezas?
-Que sean Cristal.
Entra una mina rubia, pecosa, delgada, de ojos verdes saltones, yo la miro de arriba abajo, no soy el único, al final me vuelvo y le comento a ésta perejil: si vos quisieras podrías pegar esa imagen, total, sos pendeja, nada fea; ella se encoge de hombros y saca un faso del atado que yo había puesto en la mesa: tirá eso, le grito con voz moderada, te va a joder del todo; y, como inmediatamente de oírla, al encontrarnos, le ordené callarse para recuperar a sus cuerdas vocales de la afonía, sonríe, lo coloca en una hendidura del cenicero de cerámica. El mozo trae las botellas, destapa, yo me sirvo, tomo un trago, limpio los labios con la mano mirándolo caminar; éste es medio trolazo, hablo para mí, y arranco en voz alta: perder es salir segundo, ¿me entendés?, por eso hay que mantenerse sonriente, como contenta, aunque sea para afuera, y por los rollos ni te calentés, se arregla con escenario, mirá que podés bajar dos o tres kilos en un show, calculá en un mes. Prendo otro faso y la veo tragar y enseguida apoyar el vaso, soltala si está muy fría, le digo; contesta con la cabeza, parece un animalito,  puedo ordenarle casi lo que se me cante, si después de todo ella aceptó mis condiciones al ofrecerme para ser su manager (le aclaré de sobra que estaba entrando en el negocio), porque adivina que conozco gente del medio, eso la trajo. MA-NA-GER rima con DO-LA-RES... BE-SA-ME me hago la croqueta desde mi silla con sentadera de rueda de mimbre (bastante cómoda) y disimulo, estiro el silencio descubriendo un lunarcito en el cachete, donde el sol pega de lleno; lo comparo con un sombrero de tanguero visto a muchas MILLAS (por mi actual laburo debo acostumbrarme y usar rebusques a lo yanqui), desde un helicóptero que alarga su sombra temblequeante contra un médano del Sahara. Me sirvo, y mientras estoy tragando pinta una mosca, ella la espanta a manotazos, yo largo el vaso, miro, le pregunto: ¿no te gustan las moscas? Sabés, los veranos siempre me tiro al fresco a chupar una birra helada, y me quedo quieto, el mosquerío se viene y empieza a meterse entre los pelitos, los escalan, me hacen cosquillas; yo creo que es su modo de acariciar; algunos explican, ojo, te cagan, te ponen huevitos..., pero por lo menos si es así lo sé, soy consciente, y esquivo lo que nos pasa con cierta gente: al principio se muestra de lo mejor, y una vez que entrás en confianza, te garcan con todas las letras, ¿no?
Me callo, hago de bizco y juego con el paquete de Particulares 30, agujereo celofán apenas acerco el faso ardiente; gruyere; tengo la impresión de que la mayoría, hasta ese gilastro que ahora sube al ñoba, está pendiente de nosotros, nos estudia..., ya te dije, le digo, de hoy en adelante vas a venir a estos lugares, te vas a vestir con ropa de marca, y nos vamos a mover en tacho. Por segunda vez pone cara de ángel y sus cachetes se inflan volviéndole la cara despreciablemente redonda. El tipo sigue haciéndose desear, entonces, le hago una seña al mozo, él me retruca con otra inentendible, y yo grito una blanca más.
-Por mí está bien -me habla como en un velorio.
-Yo necesito un barril con este lorca de fin de año -le contesto y corro la manga para ver la hora, nunca había esperado tanto (mentira, pienso), reflexiono en voz alta, respaldado por su gesto de aprobación, y, arremangando la camisa de raso negro le comento: te vi la noche pasada, y a mi entender no sale tan mal... , ya te conté, igual me la voy a jugar por vos, pero tu manía de afanarle   yeites a la Valeria es pobre, nosotros debemos ir al origen, ya te voy a hacer oír a la Streisand, esa sí es bárbara. Cuando veas los videos que por ahí me prestan, te pido que le pongás tanta atención como la que éstos nos ponen; imaginate un adelanto de lo que seguro van a darnos cuando la fama se nos arrime. Quiero, en especial, dedicarle lo máximo posible a cómo camina el escenario, su naturalidad (algo corta en tus movimientos) ,la manera de comprarse al público..., tengo que tenerte al trote, esto es urgente, porque guarda, uno se deja estar y el tiempo se va a la mierda, y un día ves que los tipos ya ni te fichan, y sos basura, bosta entre muchas, dando asco. La vi estremecerse como por un chucho de frío, y justo se acercaba el trolazo.
-Permiso.
-Traeme dos medidas más...  Espero que esté bien helada, las otras parecían caldo.
El mozo se fue con cara de culo y a mí me dio la sensación de que se me había ido la mano, que me había zarpado al divino pedo, entonces, la miré y le confesé: pero nena, figuráte, yo a tu edad era boludo, todavía me enganchaba con las series yanquis, confiando que me iban a dejar ser el mejor jugador del fútbol argentino, y apenas si recién la empezaba a mojar. Ahora, ustedes, si te descuidás, afanan. De a poco retornaba a la normalidad, al rasgo rutinario puesto desde la noche pasada, y yo, seguido de refrescarme los dientes medio marrones, se los enseñé haciéndome el cordial, guiñándole además un ojo. Subí la manga de la camisa, se había bajado, y noté que las agujas volaban: parece que el turro ni va a venir, le dije, y ella levantaba las gruesas cejas negras y las dejaba caer. Sin pensar me pongo a campañarle los aros con figura de masita casera, al mismo tiempo veo, y le aviso, calculando que el rimmel corrido debe ser por lo de hace un ratito. Me froto las manos, fricción de lija, agrego, pero ella no escucha, está metida en la cartera celeste sacando un lápiz de labios, la polvera, una tableta con cantidad de pastillitas de color naranja, y el delineador; prefiero callarme, ojeando hacia el montón que nos morfa con la mirada. Termino lo mío, alzo el brazo, le chisto al mozo. Me enferma verla arreglarse sin ningún apuro, el trolazo ficha, le digo con señas “la cuenta” –guardá, piramos-, le mando, ella acata poniendo mueca de asombro, junta suspendiendo a medio hacer; así que yo, saco de la billetera una moneda de papel, me paro y, viéndola pasar como la mina de otro le murmuro que ni bien salga procure un tacho, y justo la pesco estirar el brazo cuando con veloz movimiento hace desaparecer un cenicero de Gancia, y sigue hacia la calle como si me hubiera entendido. Doy el último vistazo a la barra, el mozo, desde el fondo, me hace una nueva seña inentendible y se viene al humo trayendo la boleta; agita, yo lo imito con el billete rojo punzó lavado (del revés lleva propaganda de un circo), lo apoyo sobre el mantel frente a la mirada de pato del que baja la escalera. Ahora el mozo porfía preguntándome no sé qué, y, antes de cruzar por fin las puertas, les tiro un dope con la boca. Alcanzo a verles las caras de infelices que se quedaron con la leche, mientras me enchufo al taxi, la beso en los labios, y cierro los ojos abandonándome al arranque. Los abro sin aflojarle al juego en el que intercambiamos nuestras lenguas con poco respiro, y me doy cuenta que vamos, pie a fondo, también con poco respiro. Calo al tachero (un tipo joven, pinta de que se las sabe todas, le estudia las tetas a través del espejito con insistencia grave), aprieto los párpados cuidándome de abrirlos después que ella, y le doy un frío beso a sus mojados labios para separarnos.
-Parece que nos corriera la yuta-, rompo el mutismo como dando cartas, relojeando por el retrovisor su expresión alterada, de mala racha.
-Venimos agarrando semáforos en verde -suelta a manera de envido.
-OKA, OKEY macho, tenemos suerte que no nos persigue, si no, con ese amarillo ahora rojo, estábamos listos -repliqué con una falta envido alejándome de sus pretensiones y de ella en el asiento.
-Es en el primero que nos clavamos -creyó gritar truco el pobre, pero, como se debe estar preparado en estos casos para arriesgar sin mostrar, le retruqué –el último diría yo, porque hay que doblar en la primera a la derecha, y no quedan-. Se arma un silencio tenso, y a las cuadras afloja:
Tenías razón.
-Lo hago todos los días, calcado...  Sabiendo de antemano que no iba a mandarse un vale cuatro, perdiendo por cagón, cuando el clima definitivamente se vistió de baño turco, (y, es Buenos Aires) hablé para adentro reconociendo el edificio a medio terminar de la esquina de casa, y, al tragar ese aire de vidrio bajo (hervor de sopa), pregunté: ¿Cuánto es? Para hacerlo perder como típico gil que ni mentir puede, saco mi fardo de billetes falsos (primera clase, no el chiste que dejé en la confitería), le enchufo uno diciéndole sonriente guardate el cambio, y lo cuelgo ahí, con el recuerdo de las tetas, demasiado para un fulano de estos. No pasa de una pajita, opino mentalmente, empujándole la puerta que se estrelló de un golpazo, por avivarme que la fichó de atrás cuando bajaba.
Entramos, las bisagras desaceitadas hicieron su acostumbrado comentario, mi perro El Rata se nos vino encima y la empezó a olfatear entre las piernas; yo, cerrando, pensé en el calor, viéndola tratar casi con desesperación, de alejar al Rata, cariñosamente. Enseguida le tiré una patada, si lo alcanzaba de lleno lo partía; se escondió en el hueco de siempre, abajo del ropero. Ponéte cómoda que ya vengo, le dije, y me zampé en el baño; largué como un litro. La encontré sentada justo en ese viejo sillón, el único, que no por casualidad tenía un resorte salido, entonces le dije: todo bien. Respondió sí moviendo la cabeza, ¿te traigo de tomar?, y volvió a contestar que sí pero hablando a la vez de cabecear; su voz sonó a chistido, y repetí, de mala gana, que se callara, si no no se iba a curar. Fui a la cocina y abrí una caja de tinto y una coca que había comprado para mezclar con algo fuerte, porque hacía tiempo necesitaba probar coca; vine y le alcancé el vaso, me senté en la silla con una de las cuatro patas vendada, y me puse a sorber del pico (o del agujero, como sea), viendo un cacho de género del calzoncillo a rayas salir unos centímetros (media pulgada, hay que hablar así), por debajo del sillón. El Rata nos espiaba sacando su hocico mojado, la boca entreabierta, el aliento haciéndose eco de nuestra charla. Después, seguido de un largo primer trago, la miro, devuelve el vaso burbujeante al piso sin barrer, yo mantengo el cartón húmedo en las manos febriles y le comento: sabés qué..., cuando era chico me daba por decir en pleno verano, QUISIERA QUE SEA INVIERNO PARA PODER USAR EL PULLOVER QUE MÁS QUIERO; ella se reía, pero El Rata bufaba. Por supuesto que tenía uno para el invierno: QUIERO QUE SEA VERANO PARA CHUPARME UN RICO HELADO; la cosa es así, si hace calor la mayoría busca frío, si no al revés, y largaba una carcajada. Ella mantenía la sonrisa, sudaba a la par de su vaso y yo, calculando los próximos minutos, hacía resbalar por mi garganta ese vino dulce que me traía ideas; nuevamente abrí mi bocota: y, el final se presenta, vos lo acusás, las cosas cambian, de golpe y porrazo se ponen distintas, y algo en uno desaparece, pensás en un dolor de muelas y por reflejo te tocás los dientes, aunque pinche el hígado hinchado otra vez; en tal caso la cortás un tiempito, una semanita a lo sumo, tranquilo, comiendo como se debe, y todo sigue..., de algo hay que morir, ¿no? Mira sin entender una mierda, eso me inspira, ni te calentés, le aconsejo, conmigo cerca te va a ir bien. Tomo varios tragos en uno, mientras apunto los ojos al Rata, y caigo en las espesas baldosas; igual conozco unos tipos, sabés, le clavo los ojos también a ella y bajo el cartón al piso, pensando que entierro una mano entre sus pelos grasientos, la levanto y hago dar vuelta, arrodillarse; montó a caballito usando el pelo como rienda, pega un quejido y entonces suelto, me paro, la empujo, la pateo, se sigue quejando a lo mudita, por eso agarro mi silla vendada y le doy por el lomo... confiá en tu manager. Parece cansada, nunca preguntó si había teléfono, por qué estábamos acá, seguro no tiene a donde ir. Esto recién empieza, por qué lo vamos a pudrir, le digo, trata de contestar y le sale como un cloqueo de batarasa; me levanto  camino hasta acomodarme en el apoyabrazos; qué tarde amarilla de hepatitis, habría que haber ventilado un cacho, con el castigo del verano, comento, y disimuladamente le acaricio el lope, antes de ocupar a medias el asiento, de sentir sudor y un dejo de perfume, de intentar bajerle los breteles.
-Pará, qué te creíste -dijo ahogada, echándome a los codazos.
Dame un besito, me hice el simpático, y ella se paró de un salto, haciendo gesto de hay que ponerse, golpeándose una palma de la mano con el puño de la otra. La guita que te voy a hacer ganar, le dije pensando a los gritos.
-Mucho blablá pero ni apareció -largó con un hilo de voz, desafiante.
Estaba ahí, con lo puesto, adelante mío, y yo despatarrado en el sillón que su gran trasero había dejado hirviendo. ¿Te viste bien?, retruqué a propósito, estudiándola despacito de arriba abajo, como si estuviera entrando.
-Andá, gil -dijo con tono suspirante y dio media vuelta buscando la salida.
-Andá vos, chancha pedona -bramé.
-Por qué no te vas un poco a...
Trató de gritar con una voz resucitada, desinflando el pecho, pero aquel portazo no me permitió escuchar lo demás. El Rata, que se había quedado quieto, fichando, empezó a chumbar cuando ella se fue. Perro cagón, hablé, y el bicho de porquería me mostró los colmillos. Entonces lo miré yo, llevando la palma sudada de la derecha hasta las pelotas, que sostuve por encima del pantalón.

Este cuento pertenece al libro “La vida muerde”, Ediciones Simurg, 2004

S.F.

lunes, 15 de abril de 2019

jueves, 14 de marzo de 2019

Poe en Boedo

Acaso influido por una tardía lectura de Edgar Allan Poe, de la noche a la mañana este saurio decidió inmovilizarse. No porque le faltasen piernas o las tuviese quebradas, mucho menos por el remoto placer de arrastrarse, haciendo galas de yacaré orillero. Tampoco a causa de una parálisis por un repentino accidente cerebrovascular; ni por estar enojado con la humanidad negándose a asomarse al aire mal sano; o por una loca promesa que lo varara en una cama; o destripado por tránsito capitalino, víctima de robo o golpeado ferozmente por patovicas nazis, barrabravas de hinchada futbolera sindicalizada. Ni caminaba a hacer mis necesidades, entregado a la quietud, al reconfortante silencio mantenido por sendos algodones cubriendo tímpanos, acurrucado en el vértice donde convergen paredes lisas del pequeño cuarto ennegrecido, sobre un almohadón con la goma espuma agotada. 
Era penitente el hecho de que esta larva aislada por entomólogos se obligase a permanecer inactiva. Así pasaron días percibiendo sólo mi respiración de batracio rengo, tiránicas protestas del estómago, solitarios latidos del corazón. Y en un momento empezó a hacerse oír -soslayando mis tapones anti ruido- una voz espectral, roída desde el territorio mismo de la penumbra: “Al borde de lo conjetural anidan monstruos”, avisaba. 
En mi delirio íntimamente me creía un anacoreta del siglo XXI aunque aquel departamentito estuviese enclavado en plena civilización consumista. 
“Metzengerstein… La muerte mora dentro de nosotros. Metzengerstein…”, advertía esa queja sorda. Ya me asfixiaba el hedor de mi propia cochambre, sufría náuseas, desmayos y un férreo dolor de cabeza anulando pensamientos, a punto de ser doblegado por hambre. 
“El alma se salva por la conservación de la forma específica”, se burlaba en tono grave, culminando con artera risotada. 
Y como por un latigazo hermenéutico me levanté de un salto estirando músculos entumecidos y torpemente llegué a la cocina. Abrí la heladera para engullir lo que caía a mano; diez minutos después me vomitaba los pies, y pese al estado catatónico comprendí que debía dejarme de joder y darme un buen baño. Bobón. 
S. F.

domingo, 10 de febrero de 2019

Las múltiples formas del fracaso


La soledad se construye
es un andamiaje sostenido por ausencias
suerte de espejo
donde se reflejan las mismas cosas,
despreciando el sacrificio de perdonarse
se cambia el centro de gravedad
para tratar de eludir lo que nos hace el tiempo,
porque la soledad es telaraña
y nos mantiene atrapados
vistiéndonos sólo de recuerdos,
abstraídos en un tedio de horas huecas
blandos ante el sufrimiento
en caída libre hacia la nada,
así alimentamos a nuestro propio monstruo
cerrando puertas con mil candados
y tirando lejos, muy lejos las llaves.
S.F.