Si la felicidad tuviese volumen
y se pudiese comprar por litro o kilo
en un miserable mercado,
y también la personalidad se vendiese al por mayor,
tanto como el carisma, la alegría, el talento o el amor.
Si la franqueza se consiguiese tasar
y pesarse
en tamaños y equivalencias,
todo sería fácilmente valorizable,
y un objeto pequeñísimo, de pronto,
se volvería gigantesco o viceversa,
como suele suceder con las piedras preciosas o el oro.
Sin embargo, es en aquello que no subyace,
silenciado y hasta encubierto,
donde muchas veces está lo auténtico
o algo que se parece bastante.
S.F.
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