martes, 23 de junio de 2026

Amor fati

 

Esta rana cualunque de baldío suburbano, nunca supo si fue por designio divino, estoicismo tardío o por sabiduría práctica que de golpe y porrazo, de un día para otro todo le empezó a resbalar como por un palo enjabonado. Sin porqué, nacido desde su yo más íntimo de metamorfoseada crisálida - o acaso amontonado fruto tardío de su decepcionante experiencia de vida-, este lagarto de tinajas decidió dejar de hacerse problemas, de cuestionar las permanentes vicisitudes de su mórbida domesticidad, aceptando dócilmente que hay situaciones factibles de ser modificadas pero también muchas otras -una gran mayoría- que no dependen en nada de nosotros y suelen tornarse irreductibles. 

Entonces, este teju argentino hasta la médula, tomó una decisión fundamental que cambiaría su manera de enfrentar las desmesuradas disputas, los permanentes malos entendidos y las situaciones disruptivas de una vez y para siempre, solo con eliminar por completo las máscaras polifacéticas -sin sentido seguir sosteniéndolas llegado a este punto de la caracterización-, del hacer cotidiano, donde la suerte renga terminaba siendo sucesiva lapidación.

Amor fati, ¡”a morfar”! 

S.F.                                                                                                               



martes, 10 de marzo de 2026

Casa de masajes

Esa mujer ejercía todo su poder y el cliente dejaba hacer, estirado cuan largo era con las piernas apenas abiertas, los brazos cruzados sobre el pecho. Aquella actividad lo relajaba hasta el grado de ceder al sueño, y esa mujer seguía su labor, oyendo graves ronquidos separaba los dedos entre húmedos algodones, cortando prolijamente cutículas, con oficio y paciencia puliendo bordes, limando y luego esmaltando las cuadradas y gruesas uñas de los pies.

S.F.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Fragmento de la novela “Hay años que no son tan bonitos”

 

En aquella casa, pero sobre todo en aquella pieza, había permanente olor a mierda. El propietario mandó construir la pieza arriba del pozo ciego para aprovechar el contrapiso, por ese motivo las paredes exudaban humedad y en sectores del piso se abrían pequeños boquerones. En aquella pieza nació Walter. Florencio Varela, el rostro asténico de su madre y el par de casitas en esas parcelas con calles de tierra, zanjones y altos palos de eucaliptos de donde pendían cables, es todo su recuerdo. La conciencia de que el olor era malo a Walter se la proporcionó las vociferantes quejas de su madre. Él solo gateaba encima del cemento helado bordeando un brasero, y en época estival, cuando por suerte se evaporaban un poco las aguas servidas, moqueaba en medio del barro. Sabe que debió ser muy joven su madre y que estaba sola. Intuye que había más gente, vecinas, tías o comadres y también hombres. Se ve en la pieza de esa casa maloliente, antes de reconocer al que llamó papá por error, antes del nacimiento de sus hermanos, de la violencia. 

S.F.

viernes, 14 de febrero de 2025

Todo sirve para descubrir quiénes somos

 

Hace dos noches no lograba dormir, a oscuras me revolvía en la cama fastidiada por los ronquidos de Maty, y de pronto, contando coloridas figuras algebraicas dispersas sobre el cielo raso, se iluminó mi mente y me sorprendí articulando esta larga parrafada en un diálogo interno: ninguna cosa es enteramente llana ni cristalina, del pasado al futuro hay apenas un instante, y así como existen varias dimensiones, también habría que hacer varias lecturas de lo que ocurre, porque la realidad es tan dinámica que nuestra interpretación resulta momentánea, pero todo sirve para descubrir quiénes somos. Seguía insomne, aunque maravillada por mi desconocido dominio del lenguaje y me vino a la memoria el ceño ojeroso del hombre bajito acompañado de la chica jovencísima. El lunes pasado andábamos atareadas por el cambio de estación, doblando gruesas prendas de otoño-invierno, cuando ingresaron tomados de la mano, a paso lento, como rumbo a un atrio nupcial, aquella chica delgada junto a ese hombre canoso. Y en un acto que hoy, a la distancia, me atrevo a calificar de clarividencia, sin dudar fui a atenderlos. La chica paseó por el local eligiendo carrada de ropa, hasta que, por último, seleccionando una cantidad significativa, se encerró en el vestidor. Quedé a solas con aquel hombre en el sector de probadores: no volaba una mosca. “¿Cómo es tu gracia?”, preguntó repentinamente. “Valeria”, contesté a secas. Y, muy suelto de cuerpo, sugirió que daba el perfil de Madonna renacentista o mejor, corrigió enseguida alejándose medio metro para examinarme, un personaje prototípico de Fernando Botero. Yo no tenía idea de qué hablaba y amablemente asentí con oscilantes movimientos de cabeza. “Estimada Valeria, es obvio que te ha tocado desarrollarte en un ambiente obesogénico”, prosiguió deslizando unos centímetros la liviana cortina del probador. “Pobre criatura… Sucede que con el correr del tiempo, ése condicionamiento se torna casi irreversible”, ensalzó su perorata esforzándose por lograr tono paternal. Yo, desde arriba, le clavaba mi mirada osuna, sonriendo a regañadientes. “Estimada Valeria; conservas bonito cutis, piel fresca y eres bastante estilizada, si te lo propones, bien podrías desfilar en destacadas pasarelas con modelos inclusivas”. Aprobó, alzando el pulgar derecho, un conjunto de lino y tres suéteres de lana escote en V. “Otra peculiaridad sumamente provechosa, a su vez ilustrativa de tu inteligencia, es la elección del empleo, puesto que aquí confeccionan prendas a medida” ¡A medida que van cayendo!, pensé, mordiéndome la lengua, para evitar contradecirlo. A esa altura me molestaban sus gestos amanerados, sus desubicadas salidas ofensivas, sus afirmaciones sentenciosas y, para contrarrestarlas, se me ocurrió imaginar un típico comentario de Maty: “Este vejete se la come doblada”; contuve la risa poniendo cara de póquer. “Estimada Valeria, debes ser fuerte, nada es imposible en esta vida”. En definitiva, ese personaje bajito, canoso, de relucientes dientes blancos terminó adquiriendo un vestuario completo para la chica jovencísima –tendría dieciocho o diecinueve años, veinte con toda la furia-, y fue la propia Beatriz, dueña de la boutique quien, invitándolos café con masas finas en su coqueta oficina del entrepiso, facturó a nombre de señor y señora no sé cuánto, apuntando dirección, localidad y demás datos precisos, para hacerles llegar aquella inusual compra a primera hora del martes. 

S.F.

jueves, 27 de junio de 2024

Breves crónicas de Buenos Aires: Jennifer Lápiz

Mis compañeros del banco, tanto insistir, terminaron por convencerme. La verdad siempre me gustó ver deporte, para nada practicarlo. Mi estado físico era pésimo, hacía años no corría ni un colectivo. En el vestuario encontré guantes de arquero y rodilleras. Ojeando el piso de cemento alisado titubeaba en tirarme para rechazar pelotas. “De abajo, Dibu, sacá de abajo”, gritaban. Perdí la cuenta de los goles que me hicieron. “Atajá una, Clemente”, me cargaban. Faltaba poco para finalizar el partido y yo andaba con la lengua afuera. “Este no puede cubrir ni un arco de hockey”, bromeaban.

Fuimos a cenar y tomamos mucha cerveza. Cuando quise pararme giraba la pizzería. Me callé para no pasar por tonto. El Mono Barragán me alcanzó en auto hasta Jujuy y avenida Rivadavia porque le quedaba de camino. De pronto aparecí en el centro neurálgico de esa zona espuria del barrio porteño mal llamado Once -por la plaza popularmente conocida como Once que en realidad se denomina Miserere-, para el catastro Balvanera, rodeado por una desconocida fauna nocturna. Respiré hondo tratando de alejar el mareo, punzaban piernas y brazos como si recién me hubiesen desatado de un potro de tortura. Recorrí media cuadra advirtiendo cantidad de “hoteles alojamiento”. Seguí despacio hacia adelante doblando en la primera esquina. A esa altura el aire nocturno me había hecho bastante bien. Contemplé la probabilidad de tomar taxi, aunque enseguida la deseché. Era preferible hacer tiempo, dar vueltas o sentarme un rato a llegar en ese estado. Había gran variedad de oferta sexual y los potenciales clientes se trasladaban en auto. Tantas mujeres ligeras de ropa me dieron ganas de acostarme con alguna. Por la calle Catamarca veo venir a una platinada alta con vestido ajustadísimo color fucsia apenas rosándole los muslos.

-Hola, papi- ronroneó.

- ¿De dónde sos?

-De Guayaquil y toda para ti- respondió manoteando mi entrepierna.

- ¿Cómo te llamás? - pregunté, sonriente, metiéndole la mano derecha entre las nalgas carnosas.

- Jennifer, pero me apodan garganta profunda.

-Apa… Venís con regalito- hablé sorprendido al tocar sus testículos depilados.

-Soy todo terreno.

Se frotaba contra mi cuerpo esquivando mis intentos por besarla en la boca.

-Parece un lápiz- me salió al palparla de adelante.

-No escupe tinta.

Me apretó el trasero con las dos manos.

- ¿Viene con punta o capuchón?

-Bueno, papi, me tengo que ir- dijo repentinamente, dando dos saltitos con su taco aguja, para entrar a un taxi.

-Perá un cacho…- reclamé confundido.

–Chau, bonito- saludó asomada por la ventanilla abierta.

Quedé aturdido pero contento sin saber a ciencia cierta si era real lo que acababa de suceder. Me dolía la cabeza cuando quise comprar cigarrillos en un quiosco. Los tuve que devolver, la hábil guayaquileña me había robado. Volviendo a pie, puteaba por lo bajo la mala suerte, sabiendo que mi gorda, para controlarme, seguro habría dejado puesta su llave del lado de adentro de la puerta.

S.F.

martes, 2 de abril de 2024

Leé mijita

Ni bien entró Mario, doña Diolinda, la cara cargada de preocupación, le entregó el sobre. Al abrirlo, Mario extrajo la cédula de llamada y en ese mismo acto sus ojos se nublaron, se le aflojaron las piernas. Como todo el mundo estaba al tanto de que los militares argentinos habían recuperado las Islas Malvinas y lo primero que le pasó por la cabeza fue desertar; tramó ocultarse igual que los malandras en el aguantadero del Tati, en el sector más inexpugnable de la villa; también podía comprar un pasaje de tren y partir esa misma noche hacia Santiago para hospedarse con los primos, en el rancho de adobe de su tía Maruja en las afueras de La Banda, el tiempo que hiciese falta.

- ¿Qué dice?, Marito- inquirió doña Diolinda, nerviosa, parada a su lado.

–Tengo que presentarme mañana a las siete en el destacamento de La Plata- contestó Mario con tono mezclado de rabia y congoja.

–Otra vez me sacan el ayudante de albañil. Carajo, no hay derecho- se quejó El Cholo, su padre, vociferando desde el baño.

Doña Diolinda rompió en llanto.

No pudo conciliar el sueño. Se levantó a las cuatro a preparar el desayuno para Marito. Lo despidió en la vereda. Al verlo alejarse estuvo a punto de correr para frenarlo. Mario, antes de doblar la esquina, se dio vuelta y la saludó agitando la mano. Su delgada figura bajo esa escasa luminaria, pero principalmente su franca sonrisa, la iban a acompañar por siempre.

Fragmento del cuento inédito Leé mijita

S.F.

sábado, 10 de febrero de 2024

Vacilación en la certidumbre del razonamiento

 Cuando lo fue a buscar el sinsentido se había ausentado y no supo qué hacer. 

S.F.