jueves, 25 de marzo de 2021

Esquema mental

Me precipito hacia el origen de las cosas 
el sinsentido natural las baña de cierta magia, 
siempre ocultas estarán verdad y sabiduría 
trasmisión oral y desarrollo personal 
confluyen en las cercanías 
a pesar de que no basten para comprender 
abarcar lo inasible, lo improbable 
porque el ser humano hace lo que puede 
intenta superarse pese a constantes retrocesos 
inventa y se reinventa partiendo de su ignorancia 
descree de sí mismo, sin entender que todo pasa por él 
que la duda es sana, aunque se vuelve inútil 
sin contraponerse a alguna certeza 
infundada y tan volátil como las nubes 
pero absolutamente necesaria 
para el sostenimiento de la propia osamenta 
duda generada en esa masa informe 
noble músculo constituido por sinuosos laberintos 
ínfimas chispas que, conectadas entre sí, 
consiguen sostener encendida una fogata 
para iluminar aquello que denominamos alma 
alojada en los confines más profundos 
a los que jamás conseguiremos llegar. 
S.F.

 

sábado, 6 de febrero de 2021

Stud free pub

 

Capital Federal, 1985 

Situada en el viejo barrio de Belgrano, a metros del paso bajo nivel de avenida del Libertador en su empalme con la calle Pampa, precedida por un amplio jardín, las paredes cubiertas de enredaderas que trepaban hasta el techo de tejas, aquella antigua construcción de estilo inglés seguramente habría sido una caballeriza y ahora, reciclada, en contrasentido de lo que debiese ocurrir, podía albergar a escaso público. En su húmedo interior contaba con una pequeña barra y a la derecha habían quedado dos puertas box pintadas de negro que permanecían siempre cerradas, al fondo del local el escenario elevado apenas un pie del piso se apoyaba contra un paredón con blanqueados ladrillos a la vista. Si no recuerdo mal ese domingo temprano por la noche tocaban Trixy y Los Maniáticos como única banda. Yo había ido con una loca a la que llamábamos “Mine”, abreviatura de Minerva, no porque pareciese una diosa, fue “rebautizada” por la acidez de sus respuestas que le valieron el apelativo del conocido jugo de limón. Ni bien entramos chilló en voz alta: “Qué grasa”, refiriéndose al baterista de Riff, Michel Peyronel, que hablaba con su hermano Danny quien dijo algo en un español afrancesado, y Michel le sonrió abriendo la campera de cuero para mostrarle su remera colorida con una inscripción en inglés. Traté de arrastrarla de la mano y Stuka, ex bajista y guitarrista de Los Violadores, que era el compañero de Trixy, nos miró extrañado. “Mine, no empecés”, me salió paternalmente, aunque le llevara sólo un año. “Quiero beber”, respondió. Sonaba fortísimo Red London, un “temazo” de los irlandeses Sham 69, cuando pedimos Piel de Iguana con mucho vodka, y esta vez Mine me contó al oído que detrás nuestro se encontraban el manager “Mundy” Epifanio y su hermano “Mini” haciendo sociales. Apenas di media vuelta vi también a la productora Laura Narvax charlar animadamente con su tocaya Laura Ramos (hija del dirigente de izquierda Jorge Abelardo Ramos) quien se encargaría de escribir crónicas de la noche capitalina para el positivo Suplemento Joven del diario Clarín llamado Sí, que saliera ese mismo año. Con el local lleno saltaron al escenario Los Maniáticos platenses que, al poco tiempo, ya sin Trixy, seguirían recorriendo antros usando el mismo nombre, y largaron el primer tema. Mine, secretamente, admiraba y envidiaba a Trixy, y apenas si conseguía tratar de emularla en la vestimenta, por eso se calzaba medias negras de red, minifalda de jean haciendo juego con la campera y también le copiaba el corte de pelo. A los segundos apareció Trixy con su habitual despliegue de energía, cantando a grito pelado, competía en presencia con Roxana, su flaquísima guitarrista de aspecto masculino, que llevaba ajustadísimos pantalones de cuerina roja y despertaba comentarios en aquel público encantador. Mine no tardó en señalar: “Son pareja”. En medio de esa concurrencia “farandulesca” del nuevo rock nacional, cuando algunos fanáticos hacían pogo frente al escenario, de pronto, Mine, amparada por la semioscuridad, arrojó su vaso vacío de trago largo apuntando a Trixy, pero fue a dar justo en la cara del baterista. Por obra y gracia de la pericia de éste el tema no se interrumpió pese a que el bueno de Gustavo sufrió un pequeño corte. “Sos una pelotuda”, le grité al oído zarandeándola con fuerza del brazo, y ella respondió: “La voy a matar”. No tengo manera de pararla sin quedar expuesto, pensaba, preocupado, perdiéndome el show. Entonces Mine le pidió un cigarrillo al “punkito” que tenía al lado y vislumbré mi oportunidad para alejarme. Como quien no quiere la cosa me escabullí hacia la barra y acodé ordenando gin con vodka. Trixy entonaba su tercer tema en el momento en que voló un cigarrillo encendido pegándole sobre su ojo derecho. Dio un gritito dejando de cantar para frotarse y ahí sí vi cómo brotaba del mismísimo público una “punki” enorme que le colocó un puñetazo a Mine en pleno rostro. Tuve que sacársela de encima y llevármela del lugar ante la atenta mirada de los concurrentes porque le sangraba la nariz y esa “punki” persistía esgrimiendo una púa con serios fines de dañarla del todo. “Putas lesbianas” fue lo único que repetía Mine tratando de reducir la hemorragia con su remera negra, mientras volvíamos en taxi con destino a la parte habitada de la Chacarita. 

Esta crónica pertenece al libro: Aguafuertes de los ochentas, 2014.
S.F.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Los elefantes

Domingo 23 de febrero de 1992 
Valparaíso se deja entrever ante nuestros párpados fatigados, aclarada la vista tras la niebla que impone el tiempo y los anteojos tratan de disipar. Es el tramo final del largo trayecto, con mi amado Fermín nos la pasamos recordando y van surgiendo anécdotas relegadas por el implacable transcurrir de las décadas. Nos invade la sensación angustiante, cubierta de expectativa y temor, del colegial que asiste a su primer día de clase. Al ir avanzando, aquel pacífico horizonte da la impresión de ser más bello, en el marco de esa vastedad de la cual provienen buques de gran calado que, vistos desde la ventanilla del bus, parecen de juguete. Faltan pocos minutos para llegar y mi Fermín, sonriendo nerviosamente, pregunta: ¿A dónde van los elefantes? A descansar por fin, contesto al tiro. Nos quema el sol alto del mediodía a medida que se suceden nuestros pasos, y a pesar de ello interrumpimos la marcha en más de una oportunidad para ver gaviotas y albatros sobrevolar la bahía, aquellas coloridas embarcaciones pesqueras alineadas en la orilla azul, imágenes distintivas de las postales del verano austral. Nos movemos como chicos que aún no conocen el sufrimiento ni la alegría, sorprendiéndonos con las actuales edificaciones de la capital de nuestra quinta región, aspirando aquel viento salado al igual que en los años mozos. ¿Para qué tanta ropa?, había gruñido mi Fermín el pasado viernes, al notar sobre la cama varias prendas recién planchadas y dobladas con esmero. Finalmente resolvimos de común acuerdo traer lo indispensable en un bolsito. Quedaron afuera cosas de higiene personal, objetos de valor y medicamentos recetados para nuestros achaques. A esta altura de la vida no hacen falta reproches, una mirada expresiva sugirió todo, como desde el comienzo precisamente aquí, abrazados por los cerros que nos vieron nacer. El bar conserva en su fachada cierta sobriedad inglesa de puerto colonial aunque el interior se asemeje a una fonda madrileña. Elegimos mesa pegada a la ventana pese a que el paisaje nos condene una y otra vez a tropezar con el ayer. Ojeando la carta confirmamos que los cálculos son acertados, el dinero alcanza para un almuerzo con postre, café y alguna copita de pisco. Súbitamente un grupo de marineros interrumpe la tranquilidad pueblerina: parecen recién arribados, vociferan en francés, quitándose entre sí gorras blancas de pompones rojos. A mi querido Fermín se le ilumina la cara y yo también revivo un poco en el reflejo de esa edad dorada como la cerveza que les calma la sed. El caldillo de congrio se deshace en la boca, las papas están bien cocidas, el vino blanco conserva frescor en su punto justo. Trago reflexionando acerca de esta última venida al terruño en la que hasta ahora, por casualidad, designio del destino o porque Dios así lo quiso, no nos encontramos con ningún compadre, vacilando si la decisión es correcta, pues todavía estamos a tiempo de echarnos atrás. Toda vuelta tiene precio, apunto en mi diario. ¿Qué anda anotando?, protesta mi Fermín; cosa de mujeres, replico; debo levantar la voz para que entienda. Los marineros nos miran y, al unísono, ríen a carcajadas, amparados por la impunidad que les otorga su juventud. De grandes, acaso para combatir el aburrimiento, retomamos la costumbre de dormir siesta, por eso me apuro, antes de que nos venza la modorra, y luego de pagar la cuenta le consulto: ¿Seguimos viaje? Pero mi Fermín me frena tiernamente y pone mis manos entre las suyas. ¿A dónde van los elefantes?, repite con tono fatalista. En busca de un regreso, respondo; percibo en mi respuesta el peso de la verdad. Formaba parte de nuestro meditado periplo un paseo por el centro de la ciudad, y en un momento advierto que la vidriera de un bazar devuelve la figura de dos ancianos arrugados descubriendo con asombro de niño el lugar al que alguna vez pertenecieron. Nunca se deja de ser exiliado, es como una cicatriz, se lleva para siempre, escribo de pie con trazo rápido. Sinceramente pienso que pierdo a mi pobre Fermín en el repecho, doblado el cuerpo hacia adelante, sujeta mi brazo con el alma. Por más que lo impulso con todas mis fuerzas se va quedando. No puede hablar, se le atoran las palabras. Traga aire boqueando como pez fuera del agua. De pronto se sostiene en la ventana de una casa. Su rostro palidece como si la sangre, amontonada a la altura del pescuezo, se negara a subir hasta el cerebro. Son un puñado de minutos intensísimos, parecen horas. Mi reacción por salvarlo, aterrada porque muera aquí mismo, en principio empeora la situación. Igualmente trato de conservar la calma para que se sienta seguro y pueda afirmarse en mí. Me doy cuenta de que está aferrado a la reja para mantener el equilibrio. Lo ventilo con un catálogo de promociones y por suerte poco a poco se va recuperando. Al mismo tiempo me llama la atención la alarmante falta de solidaridad de las nuevas generaciones, inadmisible en nuestra época, ya que ningún transeúnte, tampoco un solo auto, son capaces de detenerse para auxiliarnos. Sin aliento llegamos hasta el ascensor: tantos años de trabajo insalubre a la postre acaban haciendo mella. Por unos pesos sorteamos los molinetes como en aquellos hermosos paseos cuando todavía éramos pololos. Al salir del ascensor sufro mareos. Disimulo reanudando el recorrido para que mi Fermín no se alarme. Me repongo en escasos segundos. Quiero creer que por obra y gracia de la Virgen del Carmen, esa brisa fresca procedente del puerto, el gusto de volver a pisar adoquines grises rosados bajo este cielo. Al ratito nomás nuestras cansadas piernas nos obligan a sentarnos en una de las bancas cercanas al mirador. Mi Fermín empieza a cabecear. A mí me hace lagrimear la majestuosidad del atardecer. Ver ese enorme astro extinguirse en el océano extrañamente motiva la vívida presencia de mis padres, garabateo la hoja blanca con un nudo en la garganta. ¡Arriba!, grito al oído perezoso pero fiel de mi Fermín. Debo zarandearlo varias veces. Despierta sobresaltado. Tiembla de frío, acepta un abrigo. Ni bien nos ponemos en pie plantea seriamente: Olguita, vamos a cometer una estupidez. Demasiado tarde, replico con un alarido; el tono enérgico disimula a las claras mis verdaderos sentimientos. Es de noche cuando, tomados del brazo para evitar tropiezos, iniciamos el descenso por las escaleras. Conozco desde antes de tener uso de razón estos escalones de cemento, fijados sobre la ríspida inclinación natural de los cerros, pero empuño la baranda porque el cuerpo ya no acompaña. A mi Fermín le da un acceso de tos. Paramos en el descanso. Le alcanzo la botellita de agua mineral y aprovecho para escribir. ¿A dónde van los elefantes?, repite la voz áspera, arrastrando aire salitroso, con sonrisa de oreja a oreja. Cierro el diario. Absurdamente lo oprimo al pecho y protejo con los brazos. Permanecemos en silencio al amparo de las estrellas. Entonces sucede algo maravilloso. Nos miramos sacudidos por la percepción de estar estancados en el tiempo o a lo mejor fuera del tiempo, urgidos por la necesidad de reconocernos el uno en el otro. Mi Fermín se acerca y despacito empieza a recorrer mi cara con sus yemas. Estremece el tacto rugoso de los dedos, la calidez de su piel curtida. Me contempla largo rato con sus negros ojos brillantes. Con íntima suavidad acaricia como por primera vez mi cabello lacio. Aloja una mano en mi nuca y me va atrayendo, para darme un amoroso beso en los labios. 
S.F.

 

viernes, 9 de octubre de 2020

Onicofagia

A Morrudo le encanta comer uñas, ronda si me las corto y enloquece cuando 
el alicate las hace estallar. Retacón pero ágil, a veces las atrapa al vuelo o 
barre el piso como aspiradora. Las masca con gusto seguramente recordando 
su cercana infancia perruna, junto a ocho hermanitos, en el Salón de belleza By 
Diana donde lo regalaban. 

S.F.

 Onicofagia pertenece al libro inédito: “Una pulga en el lomo del mundo”

domingo, 23 de agosto de 2020

Maty el hermoso

A Lili, mi entrañable abuela materna, le encantaba repetir que su nietito preferido sería gran conquistador; y yo me imaginaba capitán de buque pirata desembarcando en playas exóticas. También la tía Ana, hermana menor de papá, afirmaba concluyentemente que rompería muchos corazones femeninos: ni siquiera soy cardiólogo. Pero mi vieja entendía de qué hablaba; siempre, desde la cuna diría yo, mamá vaticinó mi vínculo con una mujer gorda, y aquello que para algunos puede transformarse en condicionamiento o llegar hasta el punto extremo del trauma, yo lo tomé como desafío. A decir verdad, nunca resulté atractivo para el sexo opuesto ni para el propio. Tuve escasa experiencia con chicas a lo largo de mi adolescencia, después tampoco florecieron alentadoras relaciones, sólo un puñado de noviazgos y si te he visto no me acuerdo… 
A pesar de todo, en algún momento, la vida nos acaricia. 
Cuando la conocí, Valeria recién había cumplido veintisiete años. Le cedí mi asiento en el colectivo por creerla embarazada, aunque no estaba tan obesa como ahora. Casualmente viajábamos en la línea dos y nos fuimos haciendo amigos. A las pocas semanas le propuse ir a tomar algo al salir del trabajo; yo me iniciaba en la cadetería bancaria, ella vendía ropa informal. La cité una tarde calurosa en el Teatro San Martín, porque daban películas a cualquier hora y, además, por su ubicación estratégica sobre la Avenida Corrientes donde hay infinidad de librerías, teatros, cafés y pizzerías. Esperé en el enorme hall central, disfrutando del aire acondicionado, oyendo alegremente a una banda de jazz. Justo esa misma mañana, yéndome de mi casa en Villa Luro, descubrí un objeto tirado en la vereda cubierta por pasto crecido y me acerqué; trae suerte, dije guardándolo, omitiendo el oxido y los clavos doblados. Al ver entrar a Valeria cargaba la herradura en mi mochila y compararlas fue un acto inevitable: hombros caídos, redondeces notorias distribuidas por su oronda anatomía, cabeza diminuta contrastando con su corpulencia generalizada. Y pese a llevarme quince centímetros de altura me sedujo su sonrisa apenas insinuada, esa manera cansina al desplazarse, la precisión en el uso del vocabulario, su voz suave y melodiosa trasmitía cierta calma. Al quinto encuentro, sin mediar palabra, confesó su virginidad. Quedé callado, la mirada fija en mis zapatillas flamantes; Valeria agregó: “te amo, Matías”. De nuevo no supe responder; probablemente enrojecí, pero me sentía muy bien, por primera vez especial. La noticia produjo el compromiso de ser nada menos que yo quien zanjara aquella incómoda situación. Entonces tomé coraje, admitiendo medio a la ligera que cantidad de personas en el mundo sufren de halitosis, y, cautivado por sus ojazos color miel, le planté mi glorioso primer beso en su roja boca carnosa. 
S. F. 
Publicado en la revista colombiana Quira medios en abril de 2018.

miércoles, 17 de junio de 2020

Hay años que no son tan bonitos

14

Una rubia que lleva cuello ortopédico mira a Dante con dulzura, toda la que se puede trasmitir por intermedio de su mirada ojerosa.
–Saco yo.
La mesa color pasto otoñal tiene un cuadrado de paño injertado donde Dante asienta la bola blanca. Toni agradece las gaseosas dejadas sobre la mesa por una grácil mujer oriental, sin atreverse a pedirle que cambie esa espantosa cumbia reinante, dando por hecho que la mujer tampoco sepa hablar inglés. –Rayos, Dan, mi vaso está sucio— reclama al oído de Dante.
–Qué poco listo, bebé de la botella— reprocha.
La rubia ojerosa los mira aferrada del taco.
–Mi madre me hubiese matado sólo para llamar la atención— dice siniestramente, advirtiendo casi con delectación la mirada de la chica.
— ¿De quién?— pregunta Toni, sorprendido. –No fumamos— explica haciendo señas al muchacho de una mesa lejana.
—Súper obvio: mi padre, mi flía, sus amigas, miles de jovencísimos y escultóricos surfers que querría violarse.
–Sorry, Dan, pero la presentás como malhechora.
– ¿Una vaca loca homicida te parece una gloriosa criatura?
Dante hace sentir como si nada pudiera importunarlo.
– ¡Ufa!, sos de lo más susceptible— se queja inflando las mejillas.
Los dos hombres de mediana edad, que han estacionado sus taxis frente a la puerta, toman la mesa contigua.
–Para tu información, una noche, tu gloriosa criatura, almohada en mano, intentó asfixiarme.
–Estás quemado, Dan— asevera, apunta la bola blanca hacia una amarillo desteñido.
Lo confunde la hilaridad de su amigo, sufre el impacto de sus comentarios, sabe que se trata de una contienda en la que él no presta arbitrio.
–La habitación a oscuras, apenas reflejos del pasillo, me pareció oír un desplazamiento, pero mínimo– observa a la rubia ojerosa; su contrincante, con chillona remera de algodón, es más vulgar. —Abrí los ojos y ella virtualmente tenía la almohada entre las manos a diez centímetros de mi cara— detalla con exactitud, la misma que utiliza para embocar una bola rayada en la tronera opuesta—. Never more.
— ¿Y qué hizo?
–Típico de vaca sagrada, negar la realidad. Por eso me empastillo para dormir, y no pruebo bocado de carne, secuelas de convivir con una progenitora destructiva como un cáncer galopante— diagnostica sonriente y vuelve a embocar.
—Mi pavor es que la mía hubiera preferido verme como seminarista— afirma Toni, y se estrega las manos entalcadas.
–Niet, niet— hace un gesto negativo con el dedo—. Sementarista, sic, se trata de una cuestión semántica— bromea Dante, su risa fúlgida por los tubos fluorescentes.
–Fui monaguillo y agachá la voz, please— pide Toni advirtiendo gestos soeces de los taxistas. — ¿Ves a la de cuello ortopédico junto a la morocha?— marca con una cabezada. –Son cajeras de supermercado.
–Rayos, Dan, ¿cómo podés saberlo?
—Calzan el mismo infame pantalón rojo, nunca se sientan y en el respaldo de las sillas colgaron bolsos con propaganda multinacional–dispara confiado. —Te toca— dice, triunfante, alimentando su narcisismo. Toni, el cuerpo elástico arqueado sobre el paño, marra su tiro.
—Fijate el look de la dueña— pide, arrimado al vértice de una tronera. – Mafia china.
Toni no quiere ver, sólo acalla temores.
–Apuesto que está ilegal, seguro ingresó por el norte argentino— entiza su taco, los ojos despiertos, disfrutando el espectáculo. –Vientres de alcohólico— indica en voz bien baja. –Apuesto mi trasero a que son cocainómanos para soportar dieciséis horas al volante.
–No te creo— murmura por lo bajo.
–Escuchalos aspirar, mirá cómo se tocan la nariz a cada rato.
Toni va hacia la mesa y levanta la botella, apenas se atreve a respirar, bebe observando disimuladamente a los taxistas. Dante efectúa su tiro, insiste en hablar al oído de su amigo.
–Ves al flaco dentudo, siempre el vaso lleno, no juega, va y viene del baño. Hasta criaturas es capaz de conseguir.
–Este es un mundo feo, Dan.
–Losers, freaks, nerds, en el futuro sustentarán nuestros caprichos, ¿capito?
Toni se encomienda a alguien en el cielo raso, traga sin ganas su gaseosa cola poco gasificada, baja la vista, recordando a Marlon Brando en escenas de El Padrino.

Capítulo 14 de la novela inédita de Sergio Fombona

domingo, 3 de mayo de 2020

Colimba

Un frío mediodía de 1983, cuando la vuelta a la democracia era un hecho, el director de nuestra ENET Número 33 dio autorización para que en la hora de matemáticas pudiésemos oír el sorteo, efectuado por Lotería Nacional y transmitido en directo por LRA Radio Nacional. Al escuchar el número se me ensombreció la cara y por mi cabeza sólo deambulaba una frase: “me quiero morir”. Ya había pedido prórroga de dos años, cedida por estudiante secundario, y debía hacerla a los veinte, pero aquel 641pesaba como casco de guerra y el alcance de aquella prórroga resultaba transitorio. En vacaciones saqué de la biblioteca familiar “En el camino” de Jack Kerouac, su escritura frenética me transmitió la necesidad imperativa de conseguir un auto para recorrer el mundo, aunque no supiese manejar. Pero aquel texto había sacudido sobre todo una idea manifiesta de liberación interior que la obligatoriedad del servicio militar arrancaba de cuajo. Llegado el momento expuse la intención de desertar y en casa se armó un revuelo de novela. Mi viejo afirmaba que al identificarme en cualquier control saltaría mi condición y me confiscarían el documento metiéndome preso. Mamá rogaba que fuera al cuartel de La Plata, ni bien viniera por correo la famosa cédula de llamada, para hacer la revisación médica y así evitar males mayores. Quienes se presentaron esa mañana soleada del 6 de abril de 1984 fueron destinados al Regimiento de Infantería de Montaña 10 en Zapala, Neuquén. A mí me tocó el reclutamiento por la tarde y quedé en Buenos Aires, más precisamente en el Estado Mayor General del Ejército, a pasos de la Casa Rosada. La Compañía Servicios se encontraba en el segundo subsuelo del Edificio Libertador y a los asignados a esa unidad, entre otras tareas, nos correspondía vigilar el funcionamiento de la calefacción central. Los soldados accedíamos por escalera, aunque hubiese montacargas con capacidad para transportar un Fiat 600, y nuestro puesto era una cuadra de enormes dimensiones en la cual dormíamos y dos patios internos donde nos “bailaban”. También había oficinas para suboficiales, dos cafeterías atendidas por conscriptos, un cuarto pequeño para el “sumbo” de “imaginaria”. Al alba y antes de que anochezca el soldado designado debía descender hasta el tercer subsuelo, internarse en medio de columnas de hormigón guiado por la roja luz testigo del tablero, para prender o apagar la bomba de agua. Al segundo día barríamos escalón por escalón aquellos 18 pisos interminables, todos hacíamos la venia a cada mando superior, siempre birrete bien colocado, vista al frente y clavados en posición de firme pese a pender de un peldaño. A pleno sol nos hacían salir a la plaza de armas munidos de rastrillos y escobillones para limpiar el extenso playón contra un viento arremolinado, juntando en grandes bolsas de arpillera hojarasca, papeles y basura. El sargento ayudante a cargo de nuestra Compañía era morocho, alto, fibroso y lucía su uniforme con orgullo. Al incorporarnos corríamos a vestirnos de fajina, nuestro sargento ayudante nos hacía formar en la cuadra delante de los armarios para inspeccionarnos, y a quienes no guardaran postura de firme les daba un golpe con la mano abierta en el pecho. Explicaba que había sido modelo, acaso creyendo reforzar su autoridad al enseñarnos orden cerrado. “Civil”, era su ofensa preferida. “Yo me voy, vos te quedás”, repetía para mis adentros como un mantra. Nuestro sargento ayudante, en esa etapa, nos fue citando en su despacho y anotaba en un cuaderno nivel educativo, zona de residencia, actividad de nuestros padres, a sabiendas de que el noventa y nueve por ciento de sus reclutas había llegado a la Compañía por acomodo (hasta los recomendados previamente cumplieron un mes entero de instrucción en Campo de Mayo), excepto un conscripto oriundo de la localidad de Villanueva y yo. Y desde mi reunión con el sargento ayudante, donde no obtuvo rédito, pasé a ser pretexto para justificar “bailes” y foco principal de sus reprobaciones. Porque nuestro sargento ayudante por medio de sus subordinados recolectaba diarios, revistas, perfumes, ropa, alimentos, materiales para la construcción y hasta tuvo suerte de que un soldado integrara la reserva de Boca Juniors, y a cambio de dejarlo asistir al entrenamiento exigía entradas y anabólicos para completar su rutina de ejercicios en el gimnasio del piso 13. Al tercer mes, en una parodia de sorteo en la que se iría de baja la primera camada de conscriptos, aflojó el adiestramiento. Después de almorzar ahora nos daban hora libre y casi todos en vez de dormir marchábamos a la cantina para fumar, comer galletitas o alfajores. En ese ámbito circulaban todo tipo de rumores, como la existencia de un pasaje subterráneo que comunicaba la Casa Rosada con nuestro Edificio Libertador, traspasado por el General Juan Domingo Perón para protegerse de los bombardeos de 1955. Pero el más popular era la intrigante oficina del piso 11 repleta de cajas del whisky preferido de Leopoldo Fortunato Galtieri. En la cantina conocimos a Jorge, soldado “viejo”, quien nos desasnó sobre el significado del término “colimba”: corre, limpia, barre. Jorge también contó la historia de Petro -ese gordito que pelaba montañas de papas-, el suboficial a cargo lo apodó Petrona, por Doña Petrona C. de Gandulfo, famosa cocinera de televisión; era clase 61 y había llegado del interior de la provincia de Buenos Aires; engordó diez kilos, aprendió a cepillarse los dientes, a usar desodorante, papel higiénico, y cumplido su año de servicio militar obligatorio pidió quedar como ayudante de cocina. En la niñez dibujaba y mis parientes pronosticaban vocación de artista plástico, aunque a los 16, deslumbrado por el rock de la década del 70, empecé a escribir letras, componer canciones y al poco tiempo, junto a un amigo del barrio, formamos dúo con nombre latino al estilo Sui Generis interpretando tormentosos temas propios. Alejandro y Gustavo escuchaban rock progresivo, heavy metal o punk rock, y esa particularidad nos diferenciaba de los “bolicheros”. Excepto a quienes designaban imaginaria, al resto de la tropa le concedían permiso de salida a las 18 y estaban obligados a retomar servicio a las 6. Tratando de sacarle provecho al uniforme con Ale y Gusti empezamos a frecuentar la calle Lavalle porque estrenaban montones de películas prohibidas para menores de 18. Andábamos sin birrete, las manos metidas en los bolsillos, piropeando chicas por la peatonal Florida; recalábamos en disquerías y librerías, curioseando títulos nos sorprendía la noche. Pero era en bares de la avenida Corrientes donde nos hallábamos a gusto, intercambiando datos acerca de grupos musicales, escritores, discutiendo de fútbol y política, pese a que el tema recurrente fuese la deserción: “No planeo perder un año bajo bandera”, insistía Ale, “es mi tiempo y hago lo que quiero”. “¿Adónde vas a ir sin el DNI?”, retrucaba Gusti racionalmente. “Yo trataría de cruzar en bote al Paraguay”, explicaba, revelando una de las opciones barajadas antes del sorteo. Un mediodía lluvioso interrumpieron la instrucción para formarnos y nos hicieron dar un paso al frente a Salazar, a Moreno y a mí. Jamás supe si fuimos elegidos azarosamente o por nuestro comportamiento. Subimos en ascensor hasta una oficina del sexto piso colmada de documentación y nos encerraron bajo llave con la orden estricta de introducir hoja por hoja pilas de expedientes por una trituradora de papel. Nos turnábamos en el uso del ruidoso artefacto y para embolsar la parva de tiritas escupidas parejamente, que temprano por la tarde cargábamos en un camión. Contentos por eludir bailes y mal trato, hacíamos bromas en voz baja acerca del contenido de aquellas páginas descartadas, la mayor parte de tamaño oficio escritas a máquina con tinta negra, y como en una película de espías fantaseábamos esconderlas entre la ropa o memorizar su contenido. Salazar fue el primero en atreverse a leer expedientes con membrete del ejército argentino atravesados por un sello rojo en calidad de confidencialidad. Pero al segundo día, por miedo a que hubiese cámaras ocultas, seguimos alimentando esa alargada boca dentuda hasta vaciar la oficina. “¿Por qué soldado?, ¿subordinación y valor…? yo quiero ser escritor”, grité en avenida de Mayo espantando transeúntes. Gusti proyectaba terminar la secundaria y trabajar con el padre en tornería mecánica hasta reunir plata suficiente para comprarse una guitarra eléctrica. Ale se veía de lleno en alguna actividad relacionada al arte. Me hizo escuchar un disco de Luis Alberto Spinetta a través del cual descubrí la figura de Antonin Artaud; leer “Antología de la literatura fantástica”, donde Jorge Luis Borges junto a Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares me revelaron la existencia de James Joyce, Franz Kafka o Macedonio Fernández. Habían corrido diez semanas de la segunda baja -Ale salió licenciado por recomendación de un Teniente General con pase a retiro- aunque para nosotros parecían décadas. El EMGE contaba con personal civil de mantenimiento y por descarte me incorporaron a electricidad, quedando como auxiliar de un cabo primero. Reparábamos planchas, estufas, aires acondicionados y el cabo primero, en los francos, arreglaba heladeras y conducía su propio taxi. Un martes invernal nos tocó ir al departamento de un Mayor de Infantería. Lo habían trasladado desde Misiones y nosotros éramos encargados de instalar sus arañas de bronce. El cabo primero estacionó en Coronel Díaz y yo fui poniendo en la vereda aquellos armatostes. Toqué timbre varias veces y respondía entrecortadamente una voz femenina. “¿Qué pasa?, milico”, interrogó mi cabo primero, todavía sentado al volante. “Esta pelotuda no me oye”, exclamé; justo sonaba la chicharra de apertura de la puerta vidriada. Subí todo al ascensor de servicio y ni bien se detuvo en el cuarto piso vi, a través de las puertas tijeras, la esbelta figura de una mujer rubia en deshabillé y pantuflas turquesa. Nunca me insultaron tan degradantemente. Soporté el surtido interminable con la vista al frente. Cuando se cansó de vociferar, la esposa del Mayor dispuso, manteniendo intacto el tono mandón, que entrase de una buena vez sus pertenencias: “tagarna mogólico”. Volviendo al Edificio Libertador pasé el parte sobre lo sucedido y mi cabo primero, tentado por un ataque de risa, trataba una y otra vez de explicarme el funcionamiento de los porteros visores. Los fines de semana, con el edificio inactivo, nuestro sargento ayudante aprovechaba para hacer sus peores tropelías: nos obligaba a desenterrar plantas repuestas por el jardinero y a cargarlas en su auto, sustraía ropa militar y arrancaba hasta tapas de luz. Pero el acabose le llegó un sábado al sacar herramientas de un ascensor en reparación. Recuerdo el pedido desesperado de aquellos operarios por recuperar su equipo de trabajo -importado casi en su totalidad- de la empresa privada encargada del mantenimiento. Nos rogaban que contáramos la verdad: todos guardábamos silencio. Una tarde nos juntamos Gusti y yo con los operarios en un bar a metros de la CGT y pese a que nosotros no habíamos sido los encargados de meter el bolso en el baúl del Peugeot 504 de nuestro sargento ayudante, podíamos denunciar al soldado en cuestión para obligarlo a declarar, iniciando una cadena de complicidad. Así se hizo. El sargento ayudante fue citado por una junta militar, tuvo que devolver el botín y a partir de ese hecho le prohibieron darnos órdenes. Al salir de baja pensaba que mi experiencia como soldado había sido nula, aunque esas vivencias castrenses finalmente contribuyeron a ampliar mi visión del mundo. Entre los momentos gratos que conservo de mi año en el ejército prevalece la imagen de una ciudad despoblada. Cálidos domingos cuando nos escapábamos para recorrer San Telmo, lejos de su zona turística, sumándonos a los habitantes de las pensiones jugando picados en estacionamientos desiertos, o tirándonos a tomar sol en las barrancas acolchadas por el césped del Parque Lezama, sentados viendo pasar chicas en el mismo banco donde transcurren fragmentos de “Sobre héroes y tumbas”, comiendo facturas recién horneadas, tomando del pico gaseosa helada. 
S.F. 
Nota publicada en el diario Clarín el 23 de marzo de 2019.