Esa mujer ejercía todo su poder y el cliente dejaba hacer, estirado cuan largo era con las piernas apenas abiertas, los brazos cruzados sobre el pecho. Aquella actividad lo relajaba hasta el grado de ceder al sueño, y esa mujer seguía su labor, oyendo graves ronquidos separaba los dedos entre húmedos algodones, cortando prolijamente cutículas, con oficio y paciencia puliendo bordes, limando y luego esmaltando las cuadradas y gruesas uñas de los pies.
S.F.
No hay comentarios:
Publicar un comentario