Lorina va taconeando, el pelo rubio le lame los hombros, su apuro se marca en las baldosas de veredas arboladas, ensombrecidas. Le había costado un esguince hacer equilibrio sobre aquellos zapatos con plataforma de acrílico; parece ingrávida apoyándose en los altísimos tacos aguja, al andar zarandea una cadenita de fantasía prendida a la garganta del pie derecho. Lleva doscientos pesos en billetes de a cincuenta amoldados al estómago, no hay un alma por la calle, ir más rápido sería correr.Dante camina a paso ligero con el torso lanzado hacia delante, su pelo corto le ensancha la frente descubriendo las orejas pequeñas, se dilatan las ventanas de la recta nariz, los labios estirados estropean su sonrisa. A Toni se le desluce la cara sin arrugas gestuales, que le da apariencia de bebé, en su redoblado esfuerzo por alcanzarlo. Hay algo de demorada pubertad en esos cuerpos enjutos; avanzan empujados por la vida, aunque sientan que les pertenece. S.F.
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