Sergio Fombona
viernes, 14 de febrero de 2025
Todo sirve para descubrir quiénes somos
jueves, 27 de junio de 2024
Breves crónicas de Buenos Aires: Jennifer Lápiz
Mis compañeros del banco, tanto insistir, terminaron por convencerme. La verdad siempre me gustó ver deporte, para nada practicarlo. Mi estado físico era pésimo, hacía años no corría ni un colectivo. En el vestuario encontré guantes de arquero y rodilleras. Ojeando el piso de cemento alisado titubeaba en tirarme para rechazar pelotas. “De abajo, Dibu, sacá de abajo”, gritaban. Perdí la cuenta de los goles que me hicieron. “Atajá una, Clemente”, me cargaban. Faltaba poco para finalizar el partido y yo andaba con la lengua afuera. “Este no puede cubrir ni un arco de hockey”, bromeaban.
Fuimos a cenar y tomamos mucha cerveza. Cuando
quise pararme giraba la pizzería. Me callé para no pasar por tonto. El Mono Barragán
me alcanzó en auto hasta Jujuy y avenida Rivadavia porque le quedaba de camino.
De pronto aparecí en el centro neurálgico de esa zona espuria del barrio
porteño mal llamado Once -por la plaza popularmente conocida como Once que en
realidad se denomina Miserere-, para el catastro Balvanera, rodeado por una
desconocida fauna nocturna. Respiré hondo tratando de alejar el mareo, punzaban
piernas y brazos como si recién me hubiesen desatado de un potro de tortura. Recorrí
media cuadra advirtiendo cantidad de “hoteles alojamiento”. Seguí despacio hacia
adelante doblando en la primera esquina. A esa altura el aire nocturno me había
hecho bastante bien. Contemplé la probabilidad de tomar taxi, aunque enseguida
la deseché. Era preferible hacer tiempo, dar vueltas o sentarme un rato a
llegar en ese estado. Había gran variedad de oferta sexual y los potenciales
clientes se trasladaban en auto. Tantas mujeres ligeras de ropa me dieron ganas
de acostarme con alguna. Por la calle Catamarca veo venir a una platinada alta
con vestido ajustadísimo color fucsia apenas
rosándole los muslos.
-Hola, papi- ronroneó.
- ¿De dónde sos?
-De Guayaquil y toda para ti- respondió manoteando
mi entrepierna.
- ¿Cómo te llamás? - pregunté, sonriente,
metiéndole la mano derecha entre las nalgas carnosas.
- Jennifer,
pero me apodan garganta profunda.
-Apa… Venís con regalito-
hablé sorprendido al tocar sus testículos depilados.
-Soy todo terreno.
Se frotaba contra mi cuerpo
esquivando mis intentos por besarla en la boca.
-Parece un lápiz- me salió al palparla de
adelante.
-No escupe tinta.
Me apretó el trasero con las dos manos.
- ¿Viene con punta o capuchón?
-Bueno, papi, me tengo que ir- dijo repentinamente,
dando dos saltitos con su taco aguja, para entrar a un taxi.
-Perá un cacho…- reclamé confundido.
–Chau, bonito- saludó asomada por la ventanilla
abierta.
Quedé aturdido pero contento sin saber a
ciencia cierta si era real lo que acababa de suceder. Me dolía la cabeza cuando
quise comprar cigarrillos en un quiosco. Los tuve que devolver, la hábil
guayaquileña me había robado. Volviendo a pie, puteaba por lo bajo la mala
suerte, sabiendo que mi gorda, para controlarme, seguro habría dejado puesta su
llave del lado de adentro de la puerta.
S.F.
martes, 2 de abril de 2024
Leé mijita
Ni bien entró Mario, doña Diolinda, la cara cargada de preocupación, le entregó el sobre. Al abrirlo, Mario extrajo la cédula de llamada y en ese mismo acto sus ojos se nublaron, se le aflojaron las piernas. Como todo el mundo estaba al tanto de que los militares argentinos habían recuperado las Islas Malvinas y lo primero que le pasó por la cabeza fue desertar; tramó ocultarse igual que los malandras en el aguantadero del Tati, en el sector más inexpugnable de la villa; también podía comprar un pasaje de tren y partir esa misma noche hacia Santiago para hospedarse con los primos, en el rancho de adobe de su tía Maruja en las afueras de La Banda, el tiempo que hiciese falta.
- ¿Qué dice?, Marito- inquirió doña Diolinda, nerviosa, parada a su lado.
–Tengo que presentarme mañana a las siete en el destacamento de La Plata- contestó Mario con tono mezclado de rabia y congoja.
–Otra vez me sacan el ayudante de albañil. Carajo, no hay derecho- se quejó El Cholo, su padre, vociferando desde el baño.
Doña Diolinda rompió en llanto.
No pudo conciliar el sueño. Se levantó a las cuatro a preparar el desayuno para Marito. Lo despidió en la vereda. Al verlo alejarse estuvo a punto de correr para frenarlo. Mario, antes de doblar la esquina, se dio vuelta y la saludó agitando la mano. Su delgada figura bajo esa escasa luminaria, pero principalmente su franca sonrisa, la iban a acompañar por siempre.
Fragmento del cuento inédito Leé mijita
S.F.
sábado, 10 de febrero de 2024
Vacilación en la certidumbre del razonamiento
Cuando lo fue a buscar el sinsentido se había ausentado y no supo qué hacer.
S.F.
miércoles, 22 de noviembre de 2023
Freedom discoteque
Capital Federal, 1987
Texto incluido en el libro Aguafuertes de los ochentas, 2014.
martes, 3 de octubre de 2023
Bar El Porvenir
Por un microsegundo la mirada de Hugo se comunicó a través del grueso vidrio con unos intensos ojos cafés. No le surgió levantarse de su mesa, ni siquiera girar la cabeza para acompañar el desplazamiento de la chica, pese a haber sentido algo especial en ese ínfimo intercambio ocular. Recién con el paso del tiempo, Hugo aprendería que en la vida ninguna situación se repite, y que la palabra destino se va forjando sobre un sinuoso eje, afirmado en coincidencias semejantes a la experimentada aquella soleada mañana de agosto.
S.F.
miércoles, 14 de junio de 2023
Temblor esencial
Alejo observa a una bandada de pájaros desplazarse sobre pasto recién podado; van a los saltitos, girando sus cabezas nerviosamente, parecen controlar el alrededor con su visión binocular, comunicándose entre sí a través de breves chillidos agudos, tan veloces como todos sus movimientos. Carecen de un dios, piensa Alejo; ni falta les hace, funcionan unidos por la desconfianza, porque dependen de su pericia para sobrevivir.
S.F.